Reseña
La dama del perrito
¿Y si la vida verdadera de una persona no fuera la que nos muestra, sino la que vive a escondidas?
Chéjov no plantea esa pregunta con un gran drama, sino con la más trivial de las anécdotas: en el balneario de Yalta, un seductor hastiado y una joven casada a la que acompaña un lulú blanco empiezan una aventura de verano que ninguno se toma en serio. De ese comienzo menor —no de una pasión anunciada— nace uno de los cuentos que mejor ha entendido el amor que llega tarde y la distancia entre lo que mostramos y lo que de verdad somos.
Un cuento escrito contra la moraleja
Chéjov lo escribió en 1899, confinado por la tuberculosis en la misma Yalta donde transcurre, y con él cerró el siglo de la gran novela rusa dándole la vuelta. La infidelidad, que en Anna Karénina o en Madame Bovary la estructura del libro se encargaba de castigar —el tren, el veneno, la ruina—, aquí no recibe condena ni sermón. Chéjov no es juez: aplica hasta el extremo su principio de que el escritor plantea el problema y deja el veredicto al lector. No es pereza moral, es su poética. Con ese vaciado del juicio, y con un relato que renuncia a la trama cerrada, el cuento realista abre la puerta a la narrativa moderna del subtexto. No por azar Tolstói lloró leyéndolo y a la vez desconfió de que no hubiera moraleja: los dos gigantes miraban el mismo abismo, uno predicando y el otro observando.