Guía de lectura
La cerilla sueca (Шведская спичка)
Ficha técnica
| Campo | Dato |
|---|---|
| Título original | Шведская спичка, con el subtítulo «(Уголовный рассказ)», relato criminal |
| Escritura | Agosto de 1883 |
| Publicación | En el almanaque de la revista Strekozá (La libélula) para 1884, San Petersburgo, firmado «А. Чехов». Chéjov lo incluyó después en su libro Cuentos abigarrados (Пёстрые рассказы, 1886) |
| País e idioma | Imperio ruso · ruso |
| Género | Cuento humorístico; parodia del relato criminal |
| Corriente | Relato de investigación y enigma, con la revelación final del revés: no había asesinato |
| Extensión | 5.276 palabras |
| Dónde y cuándo | Una comarca rural rusa sin nombre: la finca del desaparecido, la casa del juez y la del comisario. Empieza la mañana del 6 de octubre de 1885, un domingo de fiesta, y acaba unas dos semanas después |
| Quién cuenta | Un narrador en tercera persona que cuenta casi todo desde fuera, con el tono de un acta policial, y entra a ratos en la cabeza de algunos personajes |
Tema central: la presunción de culpa. La comedia une una investigación que da por hecho un asesinato y un juicio moral que encuentra confirmación en la vida íntima que descubre, aunque el muerto no exista.
Personajes clave
| Personaje | Quién es |
|---|---|
| Chubíkov · el juez de instrucción | Nikolái Ermoláich Chubíkov, de unos sesenta años, lleva un cuarto de siglo en el oficio y tiene en la comarca fama de hombre honrado, inteligente y enérgico. Dirige la investigación y manda callar a su ayudante una y otra vez. |
| Diukovski · el ayudante | Ayudante y escribiente del juez, de veintiséis años, hablador y lector de novelas policiacas. Es quien encuentra la cerilla sueca. |
| Evgraf Kuzmich · el comisario | Jefe de policía de la circunscripción rural. Abre y cierra el cuento con la misma condena del libertinaje. |
| Olga Petrovna · la mujer del comisario | Tiene unos veintitrés años y está casada con el comisario, al que el ayudante llama anciano. Compró la caja de cerillas suecas y tiene escondido a Kliáuzov en la casa de baños de su patio. |
| Kliáuzov · el desaparecido | Mark Ivánovich Kliáuzov, corneta retirado de la Guardia, rico, bebedor y mujeriego. Cuando empieza el cuento, nadie lo ha visto salir de su dormitorio desde hace una semana, y todos lo dan por asesinado. |
| Psékov · el administrador | Administrador de la finca; se presenta como agrónomo y mecánico. Denuncia el asesinato y acaba detenido. |
| Nikolashka · el ayuda de cámara | Nikolái Tetéjov, criado de Kliáuzov, con dos condenas por robo. Estaba borracho la noche del sábado y no recuerda dónde estuvo. Acaba detenido. |
| Akulka · la mujer del soldado | Pasó de Nikolashka al administrador y del administrador al señor. Cuando sale su nombre en el almuerzo, varios funcionarios se turban: también ellos la conocen. |
| María Ivánovna · la hermana | Hermana de Kliáuzov, de cuarenta y cinco años, vieja creyente. Se niega a hablar de su hermano, y el ayudante la convierte en sospechosa. |
| Efrem · el jardinero | Un viejecito canoso con cara de suboficial retirado. Es el primero en acusar a Nikolashka. |
| Tiutiúev · el médico | Flaco y ajeno al caso, habla de Serbia, de Austria y de Gladstone. Confirma de un vistazo que las manchas del jardín son sangre. |
| Danilka · el pastor | Borracho, una noche que no precisa, vio desde el río a dos hombres que llevaban algo negro por la presa. |
De indicio a certeza
Investigar es hacer tres cosas distintas. La primera es observar: ver lo que hay. La segunda es explicar: decir qué lo produjo. La tercera es atribuir la culpa: decir quién lo hizo y por qué. En La cerilla sueca casi nadie observa mal. El error empieza en la segunda operación: una puerta cerrada, una cama revuelta, una bota sola y unas manchas en la hierba admiten varias explicaciones, y los investigadores las convierten en la certeza de un asesinato. A partir de ahí, la tercera operación busca culpables para un crimen que nadie ha comprobado: primero unos malhechores sin nombre, luego el criado y el administrador, después la hermana del desaparecido y al final la mujer del comisario.
La certeza llega antes de examinar nada. El juez entra en el dormitorio, echa una mirada, se pone rojo y murmura «¡Canallas!»; cuando Diukovski pregunta dónde está Kliáuzov, lo manda callar y recuerda un caso de 1870 en el que los asesinos sacaron el cadáver por la ventana.
Cada rastro hace el mismo camino, de lo que se ve a una certeza y de la certeza a un culpable, y pocos reciben explicación al final.
| Lo que se observa | Lo que se da por cierto | A quién se atribuye el asesinato | Lo que se sabe al final |
|---|---|---|---|
| La puerta del dormitorio, cerrada con la llave puesta por dentro | Los asesinos entraron por la ventana | A unos malhechores sin nombre | La puerta cerrada es compatible con una salida por la ventana; el cuento no cuenta esa salida |
| La huella de una rodilla en el alféizar: «alguien trepó desde fuera...» | Por ahí entraron los asesinos | A los asesinos, todavía sin nombre | Según Kliáuzov, Olga entró por la ventana; la huella es compatible con esa entrada |
| La cama revuelta, la almohada en el suelo con marcas de dientes, la manta mojada de cerveza | Hubo una lucha y lo estrangularon con la almohada | A tres personas: dos lo sujetaban y una lo estrangulaba | Según Kliáuzov, Olga le pegó; no explica cada daño de la cama |
| Una cerilla sueca quemada en un cuarto con cerillas de azufre sobre la mesita | La encendió el asesino, alguien de fuera de la casa y de clase acomodada, porque los campesinos de allí no usan esas cerillas | Primero a un señor; después a la hermana; al final, a Olga Petrovna | Olga compró la caja, y aquella noche encendió una lámpara en el cuarto. Que la cerilla sea suya es muy probable, pero ninguna escena lo muestra |
| Una bota bajo la mesita y su pareja bajo una lila del jardín | Lo mataron cuando se quitaba las botas | A los asesinos | Kliáuzov le tiró una bota a Olga por la ventana |
| Una franja de manchas en la hierba y una mancha grande bajo la lila. El médico: «sí, sangre» | Lo estrangularon en el cuarto y en el jardín lo hirieron con algo afilado para que no reviviera | A los asesinos | Nikolashka dice que se le escapó una gallina mal degollada; el jardinero confirma que Nikolashka degüella gallinas cada noche, pero nadie vio correr por el jardín una gallina así; aunque, añade el acta, tampoco puede negarse del todo que corriera. Kliáuzov no habla de sangre |
| Hilos finos de lana azul oscuro y un poco de algodón en una bardana | Los asesinos vestían de azul | A Psékov, que lleva pantalones azules | El cuento no lo explica |
| Psékov se turba, no recuerda la noche y despertó en la estufa de la cocina | Es el miedo de un culpable | A Psékov | Él dice que estaba borracho; el cuento no lo aclara |
| María Ivánovna llora y se niega a hablar | Mató a su hermano por fanatismo religioso | A María Ivánovna | El cuento no dice por qué calla |
| El pastor vio a dos hombres llevar «algo negro» por la presa | Llevaban el cadáver | A Psékov y a Nikolashka, que son detenidos | Lo que vio no se aclara |
| Psékov, ante el relato del juez: «¡Me ahogo! Está bien... sea... Solo déjenme salir... por favor.» | Es una confesión | A Psékov | Es una respuesta ambigua de alguien que se ahoga y pide salir |
| Olga se ruboriza y pregunta «¿quién se lo ha contado?» | Es la confesión de un asesinato | A Olga Petrovna | Ella hablaba de su amante escondido |
La reconstrucción del juez. En la segunda parte, el juez le cuenta a Psékov el crimen como si lo hubiera visto: una mujer de negro entra de noche en el dormitorio, hay una lucha en la cama, se apaga la vela y la mujer la enciende con cerillas suecas. Y le asegura que lee en su cara que todo es verdad. Comparada con lo que cuenta después Kliáuzov, la reconstrucción acierta en piezas sueltas: una mujer entró de noche en el dormitorio, se encendió una luz y hubo golpes. Falla en lo que las une: quién era la mujer, qué pasó y qué fue del hombre.
La cerilla: un acierto leído al revés. Observar la cerilla fue un acierto de Diukovski, y explicarla como la cerilla de alguien que no era de la casa también: por eso la búsqueda por las tiendas termina en un hallazgo real, la compradora de la caja. El error vino después, con la historia en la que la metieron. La cerilla entró en una historia que ya daba el asesinato por cierto, y dentro de ella solo podía ser la cerilla del asesino, cuando lo que prueba es que alguien de fuera de la casa encendió allí una luz. Diukovski sabía, además, que entre Olga y Kliáuzov había algo: según cuenta él mismo, los había sorprendido juntos detrás de un biombo de la cocina. Con ese dato correcto construyó un motivo para el asesinato supuesto: la venganza de una mujer despechada.
La obra
La cerilla sueca es un cuento largo en dos partes y una parodia del relato policiaco. Un supuesto asesinato lleva a dos investigadores a acumular sospechas y detener a dos hombres. La cerilla hallada en el dormitorio los conduce a la mujer del comisario y a Kliáuzov vivo. El amorío explica la bota y la ventana, deja otros rastros sin aclarar y deja en ridículo a quienes buscaban un homicidio; el marido engañado repite su condena del libertinaje.
La primera parte. Un domingo de octubre, Psékov, el administrador de una finca, se presenta en la oficina del comisario rural y declara que su señor, el corneta retirado Kliáuzov, ha sido asesinado: nadie lo ha visto salir de su dormitorio desde el sábado de la semana anterior: siete días. El juez de instrucción y su ayudante fuerzan la puerta y encuentran la cama revuelta, una bota sola y una cerilla sueca; en el jardín, la otra bota, unas manchas de sangre y unos hilos azules. Comen en casa del administrador, oyen al jardinero acusar al criado Nikolashka, descubren que el criado, el administrador y el señor se han ido quitando la misma mujer, Akulka, y visitan a la hermana del desaparecido, que se niega a hablar. De vuelta a casa, Diukovski decide que la tercera persona del crimen es ella. A la mañana siguiente, un pastor borracho declara que vio a dos hombres llevar algo negro por la presa, y Psékov y Nikolashka van a la cárcel.
La segunda parte. Doce días después, el juez le cuenta a Psékov el crimen como si lo hubiera visto y toma por confesión su respuesta angustiada. Diukovski recorre las tiendas de la comarca preguntando por cerillas suecas y encuentra a quien compró la caja: Olga Petrovna, la joven mujer del comisario. Esa noche los dos investigadores se presentan en casa del comisario, que no está, y acusan a Olga de asesinato. Ella se ruboriza, pregunta quién se lo ha contado y, cuando le dicen que sus cómplices la han delatado, palidece, descuelga una llave y los lleva por el patio, bajo la llovizna, hasta una casa de baños abandonada. En el banco alto ronca Kliáuzov, vivo. Olga se escabulle; él invita a vodka y explica la bota. Aquella noche no quiso ir a verla; ella fue a reñirle bajo la ventana, él le tiró una bota, y ella entró, encendió una lámpara, le dio una paliza, se lo llevó a rastras a su baño y lo encerró. Desde entonces vive allí, comiendo y bebiendo.
El final. Los investigadores vuelven en silencio. El juez echa de su casa al ayudante, que se va a beber a la taberna. En la última escena, el comisario le pregunta a su mujer para qué vino el juez, y ella contesta que vino a decir que han encontrado a Kliáuzov «en casa de la mujer de otro». El comisario suspira y repite la condena del libertinaje con la que empezó el cuento. Nada se dice de lo que pasa con los dos hombres que están en la cárcel.
Un cuento hecho de voces. La mayor parte del cuento está en diálogo, y eso tiene tres efectos. El primero es la velocidad: las sospechas se suceden réplica a réplica, sin que el narrador las ordene. El segundo es que el lector asiste a las certezas en el momento en que se dicen, y el narrador no las corrige: el «¡Eureka!» de Diukovski, la reconstrucción del juez o su «¡Por fin ha confesado!» llegan sin comentario. El tercero es el equívoco: en casa del comisario, Olga habla de su amante y los investigadores oyen la confesión de un asesinato, y la escena funciona porque las mismas palabras sirven a las dos historias.
El autor
Antón Pávlovich Chéjov nació en Taganrog, un puerto del sur de Rusia, en 1860, y murió en Badenweiler, en Alemania, en 1904. Estudió Medicina en la Universidad de Moscú entre 1879 y 1884 y, mientras estudiaba, escribía piezas humorísticas para las revistas, firmadas durante años con seudónimos. Con aquellos cuentos breves se dio a conocer, y en 1886 reunió muchos en Cuentos abigarrados.
La cerilla sueca es de esa época. La escribió en agosto de 1883 para el almanaque de la revista Strekozá, y se la anunció así a su editor Nikolái Leikin: «El título es “La cerilla sueca”, y en el fondo es una parodia de los relatos criminales. Ha salido un relato gracioso».
Contexto literario y cultural
Un género de periódico. El relato criminal, ruso y traducido, ocupaba mucho sitio en la prensa de aquellos años, y era el blanco que Chéjov declaró en su carta. Entre los autores traducidos estaba el francés Émile Gaboriau, que escribía novelas judiciales, de investigación de crímenes. El ayudante del cuento se describe a sí mismo como un hombre «expulsado del seminario y empapado de Gaboriau».
Los cargos. El comisario era el jefe de policía de una circunscripción rural, y por encima de él estaba el jefe de policía del distrito. El juez de instrucción dirigía las diligencias de un crimen, y su ayudante escribía las actas al dictado. «Usted escriba al dictado cuando se le dicte: ¡ese es su trabajo!», le dice el juez a Diukovski.
Los viejos creyentes. María Ivánovna es vieja creyente: pertenece a los fieles que se apartaron de la Iglesia ortodoxa oficial para conservar los ritos antiguos. Para acusarla, Diukovski invoca a tres escritores: «¡Lea usted a Dostoievski! ¡Y lo que escriben Leskov y Pecherski!...». Con esas lecturas fabrica el retrato de una sospechosa.
Lo que se lee y lo que se cita. El comisario llama a Kliáuzov «el favorito de los dioses», «como dijo Pushkin». El administrador cuenta que Kliáuzov llamaba Naná a Akulka, como la protagonista de la novela de Zola. Diukovski adorna sus deducciones con latín: «non dubitandum est» (no cabe duda), «Veni, vidi, vici!» (llegué, vi, vencí) y «alibi», la palabra latina de la coartada, que él pronuncia justo cuando un sospechoso no sabe decir dónde estuvo. Y el médico solo se interesa por las noticias del extranjero: Serbia, Austria y Gladstone.
El baño. Es la casa de baños de vapor que tenían en el patio muchas casas rusas: una construcción aparte, con su antesala y sus bancos altos para el vapor.
Temas clave de la obra
Encontrar indicios no basta si solo se busca confirmar una historia ya decidida. La cerilla conduce a la verdad mientras sus investigadores siguen interpretándola como prueba de asesinato. El equívoco policial desemboca en una sátira de quienes juzgan culpas y deseos sin reconocer sus propios secretos.
La presunción de culpa. La justicia del cuento detiene a dos hombres con un rumor y el testimonio de un pastor borracho, y el juez toma por confesión lo que Psékov dice cuando se ahoga y pide salir.
El juicio moral que no se mira a sí mismo. Antes de que nadie entre en el dormitorio, el comisario ya tiene su veredicto: «Pero era un libertino, que en gloria esté. ¡Yo me lo esperaba todo!». La misma condena vuelve en la última línea del cuento, cuando es él quien no sabe lo que pasa en su propia casa.
El deseo. Akulka pasa de un hombre a otro, y el juez y su ayudante se echan en cara que también ellos la conocen: «usted también cortejaba a Akulka», dice el juez; «también en su casa vivió Akulka un mes de cocinera», contesta el ayudante. Diukovski, al hablar de Olga, daría diez años de vida por tocarle los hombros. Los que investigan no están fuera del mundo que investigan.
Leer la vida como una novela. Diukovski investiga con lo que ha leído, y quiere el caso porque, como le dice al juez de rodillas, no es un caso, sino una novela que les dará fama en toda Rusia.
La mesa y la botella. La investigación avanza entre el té, el almuerzo, la cena y el vodka, y los tres que declaran sobre lo que hicieron o vieron de noche, Nikolashka, Psékov y el pastor, estaban borrachos. Los investigadores comparten los apetitos que condenan en el desaparecido.
Construcción de la obra
Dos partes. La primera ocupa un día y el siguiente: denuncia, inspección del cuarto y del jardín, almuerzo con sospechas, visita a la hermana, viaje de vuelta, el «¡Eureka!» del ayudante, la declaración del pastor y las detenciones. La segunda empieza «Pasaron doce días.» y ocupa un día y una noche: interrogatorios, búsqueda de la cerilla, visita a la casa del comisario, la casa de baños y el regreso.
Dos historias. La que se ve es la investigación de un asesinato. La que se esconde es una historia de amor, riñas y golpes, que solo se cuenta al final, en una réplica de Kliáuzov. Antes, la segunda parte trae un relato falso de esa misma noche: la reconstrucción del crimen que el juez le cuenta a Psékov.
La voz del acta. El narrador usa fórmulas impersonales de diligencia policial: «El comisario y los testigos, llegados con Psékov al lugar de los hechos, encontraron lo siguiente.» o «Se procedió a forzar la puerta.». La comedia sale del choque entre ese tono y lo que registra.
Las repeticiones. Muchas frases vuelven con un sentido nuevo: la condena del libertinaje, al principio y al final; las quejas del médico sobre Serbia, Austria y Gladstone, en la primera parte y en la segunda; el «alibi» con que Diukovski llama a lo contrario de una coartada, a no poder decir dónde se estuvo; «lo sabemos todo», que dice el juez a Nikolashka y repite el ayudante a Olga; y la excusa que llevan para presentarse de noche en casa del comisario, que se les ha roto una ballesta del coche (uno de los muelles de la suspensión): el juez se la balbucea a Olga y el ayudante la abandona a media frase.
El anticlímax. El camino de noche hacia la casa de baños, bajo la llovizna y entre aguas sucias, hace esperar un cadáver. Lo que encuentran primero es una sopa de col fría, restos de salsa, un jamón y una botella de vodka.
Claves de la lectura
Fíjate en quién manda callar a quién. El juez corta al ayudante en público y lo admira a solas: «¡Es listo, el pillo!», murmura cuando se queda solo, y añade que tendrá que comprarle una pitillera en la feria. Lo que el juez murmura no llega al ayudante.
Mira los gestos. El cuento entra poco en la cabeza de los personajes; los rubores, las toses y los silencios dicen lo que no se dice. Cuando sale el nombre de Akulka en el almuerzo, el ayudante se ruboriza, el comisario tamborilea en el platillo y el jefe de policía del distrito hurga en su cartera.
Separa lo que alguien vio de lo que alguien contó. La sangre la confirma el médico de un vistazo; la gallina, Nikolashka; la confesión, el juez; la historia de la bota, Kliáuzov. En cambio, el hombre que ronca en el banco alto del baño está en escena: lo ven los investigadores y lo ve el lector.
Sigue el rumor. En el almuerzo, Nikolashka ya repite lo que se dice en la cocina: que al señor lo sacaron por la ventana y lo enterraron en el jardín. La versión del crimen circula antes de que nadie haya visto un cuerpo.
Compara la primera condena del comisario con la última línea del cuento. Al principio dice «¡El libertinaje no lleva a nada bueno!» ante la ventana de un hombre que cree muerto; al final, «¡Ya te decía yo que el libertinaje no lleva a nada bueno!», sin saber que el libertinaje ha ocurrido en su propia casa. El lector oye la segunda sabiendo lo que el comisario ignora.
Símbolos y motivos
La cerilla. Un objeto pequeño que da luz un instante y que, según el ayudante, los campesinos de allí aún no usan. Aparece en el dormitorio, en la deducción del almuerzo, en la reconstrucción del juez, en la búsqueda por las tiendas y en la última discusión, cuando el ayudante protesta «Pero... ¡la cerilla sueca! ¿Cómo iba yo a saberlo?» y el juez le contesta «¡Atragántate con tu cerilla!». Para el ayudante fue una prueba; para el juez, primero una impertinencia que manda callar en el dormitorio y al final un insulto.
La ventana. Desde el primer momento todos piensan en ella: el administrador supone que los malhechores entraron por ahí, y el juez recuerda que en el caso de 1870 sacaron el cadáver por la ventana. Según Kliáuzov, es también por donde entró Olga.
La bota. En el dormitorio, una bota sola hace pensar en un hombre al que mataron mientras se descalzaba. La explicación es otra, y mucho más doméstica.
La casa de baños. Una casa de baños abandonada en el patio del comisario. Allí está lo que la investigación busca en otra parte.
La sentencia del comisario. «¡El libertinaje no lleva a nada bueno!». Es la frase del que juzga a los demás; al final la pronuncia sin saber que habla de su propia casa.
Literatura comparada
Con Gaboriau: el blanco declarado. Gaboriau es el único autor de novelas de crímenes que el cuento nombra. Diukovski actúa como el detective que ha leído: recoge rastros y deduce de ellos quién estuvo en el lugar del crimen. Pero cada rastro le confirma lo que ya pensaba. La relación con el género está en el propio texto; no consta qué novelas concretas leyó Chéjov.
Con Poe: un parecido de construcción. Los crímenes de la calle Morgue (1841), de Edgar Allan Poe, también parte de un cuarto cerrado y de una ventana. Allí, un detalle de la ventana que la policía no había examinado obliga a cambiar la explicación del crimen. En Chéjov los detalles hacen lo contrario: se suman a la historia que los investigadores ya tienen. Es una afinidad, no una influencia: no hay prueba de que Chéjov partiera de Poe.
Con Dostoievski: dos maneras de leer al sospechoso. Diukovski reprocha al juez que desprecie «el lado psicológico del caso» y le dice que lea a Dostoievski. Crimen y castigo (1866) tiene también un juez de instrucción que pone a prueba a su sospechoso con la conversación. En el cuento, la psicología del juez consiste en contarle a Psékov el crimen y asegurar que lee en su cara que es verdad. El cuento nombra al autor, no la novela; la comparación contrasta procedimientos y no demuestra una influencia.
Con El camaleón: la autoridad que ya ha decidido. En este otro cuento de Chéjov, un policía cambia de veredicto sobre un perro que ha mordido a un hombre según quién resulte ser el dueño. En los dos, la autoridad decide antes de mirar. Es una relación de tema entre dos piezas del mismo autor, no una influencia.
Recepción y legado
Chéjov no dejó el cuento en el almanaque: lo incluyó en Cuentos abigarrados en 1886, lo corrigió de nuevo para la segunda edición del libro y lo conservó en las obras completas que preparó para el editor Marx.
Citas emblemáticas
«— А где же Марк Иваныч? — тихо спросил Дюковский. — Прошу вас не вмешиваться! — грубо сказал ему Чубиков.»
«—¿Y dónde está Mark Ivánich? —preguntó en voz baja Diukovski. —¡Le ruego que no se entrometa! —le dijo Chubíkov con brusquedad.»
En el dormitorio · Parte I
«Нашел одну только обгоревшую шведскую спичку. Вот она! Насколько я помню, Марк Иваныч не курил; в общежитии же он употреблял серные спички, отнюдь же не шведские. Эта спичка может служить уликой...»
«Solo he encontrado una cerilla sueca quemada. ¡Aquí está! Que yo recuerde, Mark Ivánich no fumaba, y en su vida diaria usaba cerillas de azufre, nunca suecas. Esta cerilla puede servir de prueba...»
Diukovski, en el dormitorio · Parte I
«— Сказывают, в окно вытащили и в саду закопали. — Гм!.. О результатах следствия уже известно на кухне...»
«—Dicen que lo sacaron por la ventana y lo enterraron en el jardín. —¡Hum!... En la cocina ya conocen los resultados de la investigación...»
Nikolashka y el juez · Parte I
«Николашки же не умеют душить подушкой; они действуют топором, обухом...»
«Y los Nikolashkas no saben estrangular con una almohada; ellos usan el hacha, el lomo del hacha...»
Diukovski, de vuelta a casa · Parte I
«Я убежден, но не верится как-то... Улик настоящих нет, а всё какая-то философия...»
«Estoy convencido, pero no acabo de creérmelo... Pruebas de verdad no hay, todo es una especie de filosofía...»
El juez, sobre la hermana del desaparecido · Parte II
«Я по лицу вашему вижу, что говорю правду.»
«Veo en su cara que digo la verdad.»
El juez, a Psékov · Parte II
«Роман, а не дело! На всю Россию слава пойдет!»
«¡Esto no es un caso, es una novela! ¡Tendremos fama en toda Rusia!»
Diukovski, de rodillas ante el juez · Parte II
«Он у меня в бане спрятан. Только, ради бога, не говорите мужу! Умоляю вас! Он не вынесет.»
«Lo tengo escondido en el baño. ¡Pero, por Dios, no se lo digan a mi marido! Se lo suplico. No lo soportaría.»
Olga Petrovna · Parte II
«Дюковский прятал свое лицо в воротник, точно боялся, чтобы темнота и моросивший дождь не прочли стыда на его лице.»
«Diukovski escondía la cara en el cuello del abrigo, como si temiera que la oscuridad y la llovizna leyeran la vergüenza en su rostro.»
El regreso · Parte II
«— Эх, Марк Иваныч, Марк Иваныч! — вздохнул становой, поднимая вверх глаза. — Говорил я тебе, что распутство не доводит до добра! Говорил я тебе, — не слушался!»
«—¡Ay, Mark Ivánich, Mark Ivánich! —suspiró el comisario, alzando los ojos al cielo—. ¡Ya te decía yo que el libertinaje no lleva a nada bueno! ¡Te lo decía, y no me hacías caso!»
La última línea · Parte II
Temas de debate y preguntas clave
Mientras lees
- ¿Qué encuentran en el dormitorio, y qué dice cada uno al verlo?
- ¿Qué responde el juez cuando Diukovski pregunta dónde está Kliáuzov?
- ¿Qué se dice en la cocina sobre el desaparecido, y de dónde puede salir esa versión?
Comprender
- ¿Por qué detienen a Psékov y a Nikolashka? ¿Qué hay contra cada uno?
- ¿Qué dice Psékov cuando el juez le cuenta el crimen, y qué entiende el juez?
- ¿Cómo llega Diukovski hasta Olga Petrovna, y qué motivo le atribuye?
Interpretar: quién sabe qué
- En la visita nocturna, Olga pregunta «¿Por quién lo saben?» y «¿Quién se lo ha contado?», y pregunta para qué quieren a Kliáuzov. ¿Qué cree ella que saben los investigadores, y qué creen ellos que les está confesando? ¿Por qué cede cuando la acusan de asesinato y no antes?
- En esa escena es Olga quien descuelga la llave, camina delante y pide que no se lo digan a su marido, porque «no lo soportaría». ¿Qué decide ella en esa escena, y qué ya no puede controlar?
- Lo que Olga hizo aquella noche lo sabemos por Kliáuzov, borracho y de buen humor, que además dice que se queda con ella por lástima y que piensa irse la semana siguiente. Diukovski le había atribuido una venganza. Su versión de aquella noche no la oímos nunca. Si la juzgáramos solo por lo que hace en el cuento, ¿qué diríamos de ella?
- En la última escena, el comisario pregunta para qué vino el juez, y Olga responde: «Vino a decir que han encontrado a Kliáuzov. ¡Imagínate: lo han encontrado en casa de la mujer de otro!». Kliáuzov ha aparecido, en efecto, en casa de la mujer de otro, pero el juez no vino a contarlo. ¿Qué consigue Olga con esa frase?
- Al final, ¿quién sabe qué? Piensa en el comisario, en Olga, en el juez, en el ayudante, en Kliáuzov, en los dos detenidos y en el lector. ¿Quién decide qué versión de los hechos se queda en la casa del comisario, y quién decide la que llega al lector?
- Interrogada por el juez, Akulka declara: «¡Solo he vivido con usted, y con nadie más!». ¿Qué dice esa frase del juez que la interroga?
Juzgar
- ¿Es Diukovski un mal investigador? ¿Qué hizo bien, y en qué momento se equivocó?
- El juez tiene fama de honrado, inteligente y enérgico. ¿Lo es en el cuento?
- El cuento no dice qué pasa con Psékov y Nikolashka después del regreso. ¿Te importa que no lo diga?
Relacionar
- ¿Dónde se ve hoy una sospecha que se convierte en un relato antes de comprobarse: en los juicios paralelos, en los programas de crímenes reales, en las redes sociales?
- Si lees La cerilla sueca junto a un cuento de detectives de Poe o de Conan Doyle, ¿qué diferencia hay entre partir de los indicios para llegar a una conclusión y partir de una conclusión para buscar indicios que la confirmen?
Para cerrar
- ¿Qué tendría que hacer Diukovski, además de encontrar la cerilla, para descubrir que su historia era equivocada?
- ¿Por qué al comisario le resulta tan fácil juzgar lo que no reconoce en su propia casa?