La apuesta, de Antón ChéjovLas guías de lectura de Septimus

Guía de lectura

La apuesta

Comienzo de «Сказка», la primera versión de «La apuesta», en «Nóvoie Vremia», 1 de enero de 1889. Dominio público.
Comienzo de «Сказка», la primera versión de «La apuesta», en «Nóvoie Vremia», 1 de enero de 1889. Dominio público.

Ficha técnica

CampoDato
Título originalПари (La apuesta). En su primera publicación se tituló «Сказка» («Cuento»)
Publicación1 de enero de 1889, en el número de Año Nuevo del periódico «Новое время» (Tiempo Nuevo), con el título «Сказка» y en tres capítulos. Chéjov lo revisó después para la edición de sus obras que publicó A. F. Marks: le dio el título Пари y lo dejó en dos capítulos, que es el cuento que se lee hoy
País e idiomaRusia · ruso
GéneroCuento
CorrienteRealismo ruso de finales del siglo XIX
Extensión2.151 palabras
Quién cuentaUna voz de fuera de la historia, en tercera persona, que sigue de cerca al banquero: lo que recuerda, lo que piensa y lo que ve. Del preso se conocen sus notas, lo que ven quienes lo vigilan y dos escritos suyos

Tema central: el valor de una vida. El cuento lo trata como algo que dos hombres intentan fijar con una apuesta: uno pone dinero y el otro pone quince años de su libertad.

Personajes clave

PersonajeQuién es
El banquero · el que apuestaDueño de la casa y del jardín donde se cumple la apuesta. En la velada es rico, y más joven y más nervioso que en la noche en que la recuerda: golpea la mesa con el puño y apuesta dos millones que para él son «una insignificancia». Quince años después sus negocios han decaído y teme que pagar lo arruine. El cuento no le da nombre.
El abogado · el presoUn joven de unos veinticinco años, invitado a la velada, que prefiere cualquier vida a la muerte. Acepta pasar quince años solo en un pabellón del jardín a cambio de los dos millones. Al terminar el encierro tiene cuarenta años, pero su cara es la de un viejo. Tampoco tiene nombre.
Un invitado · el que objetaSostiene en la velada que la pena de muerte y la prisión perpetua son igual de inmorales, porque las dos quitan la vida, y que el Estado no es Dios: no tiene derecho a quitar lo que no puede devolver.
Los guardas · los que vigilanDurante el encierro, quienes vigilan al preso por la ventanilla cuentan lo que hace. La última noche el banquero llama dos veces al guarda y nadie contesta; por la mañana son ellos quienes le dicen que el preso se ha ido.
La velada de hace quince años, en casa del banquero, donde se discute si es peor la pena de muerte o la prisión perpetua. Ilustración original.
La velada de hace quince años, en casa del banquero, donde se discute si es peor la pena de muerte o la prisión perpetua. Ilustración original.

Quince años, etapa a etapa

Del encierro del abogado, el cuento cuenta solo unas cuantas etapas, y cada una se reconoce por lo que el preso pide y por lo que hace con lo que recibe. Todas están en el capítulo I, menos la última fila, la noche en que termina el plazo, que está en el capítulo II.

CuándoQué haceQué leeLo que dice el cuento
El primer añoSufre la soledad y el aburrimiento. Toca el piano día y noche. Rechaza el vino y el tabacoLibros ligeros: novelas de amores enredados, relatos de crímenes y relatos fantásticos, comediasEn sus notas escribe que el vino despierta deseos, «y los deseos son los primeros enemigos del preso»
El segundo añoCalla la músicaSolo los clásicosLos pide en sus notas, sin otra explicación
El quinto añoVuelve la música y pide vino. Come, bebe, se tumba en la cama, bosteza y habla solo, enfadado. A veces, de noche, escribe mucho ratoNadaDe lo que escribe de noche, el cuento dice que «al amanecer rompía en pedazos todo lo escrito»; y quienes lo vigilan lo oyen llorar más de una vez
Desde la segunda mitad del sexto año, durante cuatro añosEstudia con tanta avidez que el banquero apenas da abasto para encargarle libros: en cuatro años pide unos seiscientos volúmenes. Escribe una carta en seis idiomas y pide que, si quienes los saben no le encuentran ni un error, se dispare un tiro en el jardín. El banquero manda disparar dos vecesIdiomas, filosofía e historiaEn esa carta, dirigida al banquero, habla de los grandes autores de todas las épocas y países, que hablan lenguas distintas, y de la dicha de entenderlos: «¡Oh, si supiera usted qué dicha, que no es de este mundo, siente ahora mi alma porque sé comprenderlos!»
Después del décimo añoPasa cerca de un año sentado a la mesa, sin moverse, con un solo libroEl Evangelio; después, historia de las religiones y teologíaAl banquero le parece raro que quien ha dominado seiscientos tomos difíciles en cuatro años dedique un año a un libro fácil de entender y nada grueso. Después, «al Evangelio le sucedieron la historia de las religiones y la teología»
Los dos últimos añosLee muchísimo y sin ningún orden. En una misma nota pide a la vez química, un manual de medicina, una novela y algún tratado de filosofía o de teologíaCiencias naturales, Byron o ShakespeareEl narrador compara su manera de leer con la de un náufrago que «se aferrara con avidez ahora a un resto, ahora a otro»
La última nocheDuerme sentado a la mesa, con una hoja escrita delanteLibros abiertos sobre la mesa, sobre dos sillones y sobre la alfombraEn la hoja, dirigida al banquero, escribe: «Y desprecio sus libros, desprecio todos los bienes del mundo y la sabiduría.»

Seguidas, las etapas no dibujan una subida. Hay una dicha, la de los años de estudio, cuando el preso entiende a los autores de otras lenguas. Hay un derrumbe, el año del vino, de los papeles rotos y del llanto. Y hay una lectura desesperada, la del náufrago, justo antes de la última noche. Por eso la hoja final no es el último peldaño de un aprendizaje: es una ruptura. El hombre que celebró comprender a los grandes autores termina despreciando los libros y la sabiduría que le dieron.

También cuenta lo que el cuento calla. Del tercer y el cuarto año no dice nada, y los cuatro años de estudio los resume en unas pocas líneas: las materias, la avidez con que estudia, la cifra de los libros, una carta y dos disparos.

El pabellón del jardín del banquero, con la ventanilla por la que el preso recibe lo que pide por escrito. Ilustración original.
El pabellón del jardín del banquero, con la ventanilla por la que el preso recibe lo que pide por escrito. Ilustración original.

La obra

La apuesta es un cuento en dos capítulos. Empieza una noche oscura de otoño: un banquero viejo camina de un rincón a otro de su despacho y recuerda una velada que dio quince años antes. Sus invitados, entre los que había no pocos hombres de ciencia y periodistas, discutían si la pena de muerte es peor o mejor que la prisión perpetua. El banquero defendió que la ejecución es más humana: «La ejecución mata de golpe; la prisión perpetua, lentamente» (capítulo I). Un joven abogado, cuando le preguntaron, dijo que, puesto a elegir, se quedaría con la prisión: «Vivir de cualquier manera es mejor que no vivir» (capítulo I). El banquero, fuera de sí, apostó dos millones a que el joven no aguantaba encerrado ni cinco años, y el joven subió a quince.

El contrato encierra al abogado en un pabellón del jardín del banquero, desde las doce del 14 de noviembre de 1870 hasta las doce del 14 de noviembre de 1885. No puede salir, ver a nadie, oír una voz humana ni recibir cartas o periódicos. Puede tener un instrumento de música, leer, escribir cartas, beber vino y fumar, y todo lo pide por escrito a través de una ventanilla. Puede marcharse cuando quiera, pero si incumple el contrato antes del plazo, aunque falten dos minutos, pierde los dos millones.

Quince años después, la fortuna del banquero se ha ido mermando y pagar lo arruinaría. La víspera del plazo, a las tres de la madrugada, cruza el jardín bajo la lluvia con la llave del pabellón y con la intención de matar al preso. Lo encuentra dormido ante la mesa, consumido, con una hoja escrita delante. Piensa asfixiarlo con una almohada; antes, decide leer lo que ha escrito. En la hoja, el preso declara que desprecia la libertad, la vida, la salud, los libros y la sabiduría, y anuncia que saldrá cinco horas antes del plazo para perder a propósito los dos millones. El banquero deja la hoja en la mesa, le besa la cabeza, llora y sale del pabellón sin hacerle daño. A la mañana siguiente, los guardas le cuentan que el preso ha salido por la ventana al jardín y se ha marchado. El banquero recoge la hoja y la encierra en su caja a prueba de fuego, para que no haya habladurías.

El final cierra la acción: la apuesta termina sin premio, el asesinato no ocurre y la salida del preso se comprueba. Deja abierto su sentido: no se sabe qué hará el preso con su libertad ni cuánto le durará al banquero el desprecio de sí mismo que siente esa noche.

El autor

Antón Pávlovich Chéjov (Taganrog, 1860 – Badenweiler, 1904) fue médico y escritor: terminó Medicina en Moscú en 1884, y la medicina acompañó su escritura. Empezó en la prensa, con cuentos breves; su libro Пёстрые рассказы (Cuentos abigarrados), de 1886, salió firmado con el seudónimo «А. Чехонте» (A. Chejonte), con su nombre verdadero entre paréntesis. En 1888 recibió el Premio Pushkin, y en diciembre de ese año escribió La apuesta.

En 1890 viajó a Sajalín para conocer su colonia penitenciaria. El viaje es posterior al cuento, y el encierro de La apuesta, voluntario y privado, es muy distinto de una pena que impone el Estado. Además de sus cuentos, como La sala número seis y La dama del perrito, Chéjov renovó el teatro con obras como Tres hermanas y El jardín de los cerezos.

Antón Chéjov ante su escritorio, fotografía de V. Chejovski, Moscú, mayo de 1889. Dominio público.
Antón Chéjov ante su escritorio, fotografía de V. Chejovski, Moscú, mayo de 1889. Dominio público.
Portada de «Пёстрые рассказы» («Cuentos abigarrados»), 1886, firmada «А. Чехонте», con una dedicatoria de Chéjov. Dominio público.
Portada de «Пёстрые рассказы» («Cuentos abigarrados»), 1886, firmada «А. Чехонте», con una dedicatoria de Chéjov. Dominio público.

Contexto literario y cultural

Una discusión de salón. La velada reúne a gente culta: el narrador habla de «no pocos hombres de ciencia y periodistas» (capítulo I). La mayoría encuentra la pena de muerte anticuada, impropia de los Estados cristianos e inmoral, y algunos querrían sustituirla en todas partes por la prisión perpetua. Ninguno de los que hablan dice haber sufrido las penas que discute, y el banquero lo reconoce de sí mismo: «No he probado ni la pena de muerte ni la prisión perpetua» (capítulo I). Aun así, juzga cuál es más humana. La apuesta saca esa seguridad del salón y la pone en el cuerpo de alguien que se presta a probarla.

Una prueba moral con cosas de verdad. La situación es extrema, pero el cuento la sostiene con objetos y condiciones concretas: una ventanilla para pasar notas, la llave de una puerta cerrada desde hace quince años, unos sellos en esa puerta y una cerradura oxidada que suena ronca. «Los sellos de la puerta que daba a la habitación del preso estaban intactos» (capítulo II): el banquero los encuentra así poco antes de arrancarlos. Esos objetos concretos son los que hacen creíble una apuesta que, contada en una frase, parece un juego de salón.

El dinero de un banquero. La ruina del banquero no llega por azar, y el narrador la explica: el juego arriesgado en la bolsa, las especulaciones y un genio vivo del que no se libró ni en la vejez fueron mermando sus negocios, y el rico «intrépido, presuntuoso y orgulloso» se volvió un banquero mediano «que tiembla con cada subida y cada bajada de los valores» (capítulo II). El mismo carácter que apostó con ligereza en la velada es el que lo ha arruinado.

Viñeta de Fiódor Shéjtel para la cubierta de «Cuentos abigarrados» (1886): un pintor ante un caballete con el nombre «А. Чехонте». Dominio público.
Viñeta de Fiódor Shéjtel para la cubierta de «Cuentos abigarrados» (1886): un pintor ante un caballete con el nombre «А. Чехонте». Dominio público.

Temas clave de la obra

El dinero. En la velada, dos millones son para el banquero «una insignificancia» (capítulo I). Quince años después la cifra es la misma, pero pagarla lo hundiría: si paga, piensa, «estoy definitivamente arruinado» (capítulo II). El banquero llega a esta conclusión: «¡La única salvación de la bancarrota y la deshonra es la muerte de este hombre!» (capítulo II). El preso, que ha pasado quince años encerrado para ganar ese dinero, renuncia a él para demostrar con un acto el desprecio que dice sentir. Las dos conductas no se parecen: uno proyecta matar para no pagar; el otro pierde el premio por su propia voluntad.

El aislamiento. El contrato le quita al preso a las personas, las voces y las cartas, y el cuento enseña lo que eso hace con un cuerpo. Cuando el banquero entra en la habitación encuentra «un esqueleto cubierto de piel», con largos rizos de mujer, la barba enmarañada, la cara amarilla y la mano tan delgada que da miedo mirarla. «Nadie habría creído que solo tenía cuarenta años» (capítulo II). El narrador añade que quince años de encierro le han enseñado a estar sentado sin moverse: durante los cinco minutos que el banquero lo mira por la ventanilla, no se mueve ni una vez. En la velada, el banquero le había advertido que poder salir en cualquier momento le envenenaría la existencia; al final, el preso usa esa misma libertad para irse.

La lectura. Los libros son la única vida del preso durante quince años, y en su carta lo dice con una lista de vidas imaginadas: «En sus libros bebí vino aromático» (capítulo II), subió a las cimas del Elbrus y del Mont Blanc, amó a mujeres, conquistó reinos. Esas experiencias son de la imaginación, no del cuerpo, y el cuento no deja olvidarlo. El preso escribe: «Sus libros me dieron sabiduría» (capítulo II), y unas líneas más abajo desprecia los libros y la sabiduría. El banquero mide en dinero, pero el preso no termina midiendo en libros: rechaza las dos medidas.

La justicia. El cuento empieza con un debate sobre dos penas que el Estado impone, y la apuesta no lo resuelve. El propio banquero lo reconoce quince años después: «¿Puede esto demostrar a la gente que la pena de muerte es peor o mejor que la prisión perpetua? No y no» (capítulo I). Reconocerlo no le quita el miedo a pagar. El hombre que defendía la muerte rápida como la más humana acaba pensando cómo asfixiar a un durmiente sin que el examen más concienzudo encuentre señales de una muerte violenta.

La muerte. Está en el debate de la velada, en el deseo del banquero —«¿Por qué no se ha muerto este hombre?» (capítulo II)—, en su plan de la almohada y en la carta del preso, que la usa como argumento contra todo lo humano: «la muerte los borrará de la faz de la tierra», a la par que a los ratones que viven bajo el suelo (capítulo II). El banquero lee esa frase con un hombre vivo al alcance de las manos.

La fe. El preso pasa cerca de un año leyendo solo el Evangelio, y después historia de las religiones y teología. Su carta jura «ante Dios, que me ve» (capítulo II) y acusa a los demás de haber cambiado «el cielo por la tierra» (capítulo II). La renuncia admite una lectura espiritual: rechaza un premio por el que ha dado quince años de su vida y obliga al otro a mirarse. El cuento da apoyo a esa lectura, pero en ningún sitio dice que sea verdad cada palabra del preso sobre la vanidad del mundo.

La última noche: libros abiertos sobre la mesa, en los dos sillones y en la alfombra, y una vela que arde con poca luz. Ilustración original.
La última noche: libros abiertos sobre la mesa, en los dos sillones y en la alfombra, y una vela que arde con poca luz. Ilustración original.

Construcción de la obra

Una noche que recuerda. El capítulo I es casi entero un recuerdo: el banquero, en la última noche, vuelve atrás hasta la velada y los quince años del encierro. Esa vuelta atrás, que los estudiosos llaman analepsis, tiene un efecto preciso: el lector conoce la apuesta primero como algo pasado y, al abrir el capítulo II, como una amenaza para el día siguiente. «Mañana a las doce recibe la libertad», piensa el banquero.

Quince años en unas líneas, una noche casi minuto a minuto. Los quince años se cuentan en resumen, cada etapa en pocas líneas, y el cuento salta de una a otra sin contar lo que hay en medio. La última noche, en cambio, va despacio: el banquero mira cinco minutos al preso inmóvil, abre la puerta y espera unos tres minutos en silencio. Esas esperas dan tiempo y lugar a una decisión pequeña, leer antes, que cambia todo lo demás.

Una carta dentro del cuento. La hoja del preso se lee entera, con sus propias palabras, mientras el cuerpo dormido sigue en la habitación. En la velada argumentaba el banquero, con frases cortas y tajantes; en la hoja, el preso, con una acumulación de vinos, montañas, mujeres y reinos. Puestos uno frente al otro, los dos momentos dicen cuánto ha cambiado todo:

La velada (capítulo I)La última noche (capítulo II)
El banqueroRico: dos millones son para él «una insignificancia»Su fortuna se ha ido mermando: si paga, «estoy definitivamente arruinado»
El abogadoUn joven de unos veinticinco añosUn hombre de cuarenta con cara de viejo
La vida«Vivir de cualquier manera es mejor que no vivir»Desprecia «la libertad, la vida y la salud»
La muerteLa del condenado: «La ejecución mata de golpe; la prisión perpetua, lentamente»La del preso dormido: el banquero piensa asfixiarlo con una almohada
Los dos millones«¡Usted pone millones y yo mi libertad!»El preso sale antes de tiempo para perder el derecho a cobrarlos
Cómo se hablanEn persona, a gritos y con un puñetazo en la mesaPor una hoja escrita, mientras uno duerme y el otro lee

Al cabo de quince años, la frase del joven sobre la vida se enfrenta a la del hombre que la desprecia, y la defensa de la muerte rápida, al plan de una muerte sin huellas.

Señales de lo que vendrá. Hay señales puestas desde el principio. La cláusula del contrato, «aunque fuera dos minutos antes del plazo», anuncia que el contrato se romperá antes de tiempo. La advertencia que el banquero le hace en la cena de la velada, que poder salir le envenenaría la existencia, anuncia que esa libertad será el instrumento de la renuncia. Y el náufrago que se agarra a los restos de un barco anuncia el estado de quien escribe la carta.

Un final en dos párrafos. Después de la carta quedan dos párrafos breves: la noche de las lágrimas y la mañana de la caja. El primero dice lo que siente el banquero: «Nunca, en ningún otro momento, ni siquiera después de grandes pérdidas en la bolsa, había sentido tanto desprecio por sí mismo como ahora» (capítulo II). El segundo vuelve a las cosas: los guardas, la ventana, la hoja guardada. Así, el cuento pasa de una carta que habla del fin del mundo a un banquero que teme las habladurías, y termina sin decir si la emoción de la noche le durará más que ese cuidado de la mañana.

La noche del capítulo II: lluvia y viento en el jardín a oscuras. Ilustración original.
La noche del capítulo II: lluvia y viento en el jardín a oscuras. Ilustración original.

Claves de la lectura

Fíjate en quién cuenta. Como la voz que narra sigue al banquero, del preso solo sabes, hasta la última noche, lo que escribe en sus notas y en su carta en seis idiomas y lo que ven quienes lo vigilan. Y esa voz a veces juzga: llama a la apuesta «salvaje, absurda» (capítulo I).

Vuelve a la advertencia de la velada cuando llegues al final. «La idea de que a cada minuto tiene usted derecho a salir libre le envenenará en la celda toda su existencia», le dice el banquero al joven durante la cena (capítulo I). Al final, el preso usa esa libertad para hacer algo que ninguno de los dos esperaba al empezar.

Compara las dos veces que el preso habla de comprender. En sus años de estudio escribe que siente una dicha que no es de este mundo porque «sé comprenderlos»: habla de los grandes autores de todas las épocas y países. En su última hoja escribe: «No quiero comprenderlos a ustedes» (capítulo II), y habla de quienes han cambiado el cielo por la tierra. No se contradice, porque no habla de las mismas personas; pero entre las dos frases ha recorrido el camino que va de la alegría de entender al rechazo del mundo.

Mira el cuerpo antes de leer la carta. El cuento enseña primero al hombre consumido y después su voz, que presume de haber bebido, amado y conquistado reinos en los libros y de ser, como escribe, «más inteligente que todos ustedes». Así se ve lo que el encierro le ha costado antes de oír lo que él dice haber ganado.

Separa lo que el preso anuncia de lo que se comprueba. En la hoja escribe en futuro: «saldré de aquí cinco horas antes del plazo convenido». Por la mañana, los guardas cuentan que lo han visto salir. El cuento no dice a qué hora se fue.

Lee la última frase dos veces. Después de una noche de lágrimas, el banquero guarda la hoja «para no dar pie a habladurías innecesarias». El narrador da ese motivo y no dice nada más de lo que siente el banquero esa mañana.

Símbolos y motivos

La hoja. Primero es solo «una hoja de papel en la que algo estaba escrito con letra pequeña», delante de la cabeza del durmiente. Después se lee y se convierte en una renuncia. Al final es «la hoja con la renuncia», que el banquero encierra. Su sitio, delante del preso dormido, es lo que permite que el banquero lea antes de actuar.

La caja a prueba de fuego. De ella saca el banquero la llave del pabellón la noche en que piensa matar al preso, y en ella encierra la hoja a la mañana siguiente. La carta anuncia que la historia y la inmortalidad de los genios se helarán o arderán con la Tierra, y termina guardada en un mueble que no arde. El cuento no explica el eco; lo deja a la vista.

La ventanilla y la ventana. Por la ventanilla del pabellón pasan, en silencio, las notas, los libros y el vino; por ella mira el banquero al preso la última noche. Por una ventana sale el preso al jardín, según cuentan los guardas a la mañana siguiente. El cuento no dice si es la misma; las dos marcan el límite entre el encierro y el mundo.

El llanto. Quienes vigilan al preso lo oyen llorar en el quinto año; el banquero llora después de leer la hoja. Los dos hombres lloran por separado, con años de distancia. El banquero sabe del llanto del preso por quienes lo vigilaban, y llora a su vez junto a él mientras duerme; el cuento no dice que el preso sepa nada de ese llanto.

Los libros abiertos. La última noche están abiertos sobre la mesa, sobre dos sillones y sobre la alfombra. Son la vida entera del preso esparcida por la habitación, la noche en que ha dejado escrito que la desprecia.

La vela, la hoja escrita por el preso y la llave del pabellón que el banquero saca de la caja a prueba de fuego. Ilustración original.
La vela, la hoja escrita por el preso y la llave del pabellón que el banquero saca de la caja a prueba de fuego. Ilustración original.

Literatura comparada

Con Tolstói. Según los editores de las obras completas de Chéjov, en la primera versión del cuento se decía que el penúltimo libro que leyó el preso fue En qué consiste mi fe (1884), un tratado religioso de Lev Tolstói, y el último, el Quijote. Chéjov quitó esa frase al revisarlo. Es una prueba de que la primera versión dialogaba con un libro de Tolstói; no prueba que el cuento que hoy leemos dependa de él. La versión revisada no nombra el tratado, pero conserva el año del Evangelio y una renuncia a los bienes del mundo.

Con el propio Chéjov. La sala número seis (1892) también pone a alguien entre cuatro paredes y discute si se puede despreciar el sufrimiento cuando uno está a salvo de él: allí, un médico que sostiene esa idea termina dentro del encierro que antes miraba desde fuera. Y en El estudiante (1894), un seminarista cuenta a dos mujeres, junto a una hoguera, cómo Pedro negó a Jesús, y una de ellas llora: el Evangelio une a quien lo cuenta con quien lo escucha. En La apuesta, el año del Evangelio le parece raro al banquero y el preso lo lee solo. Son parecidos entre cuentos del mismo autor, buenos para preguntarse por ellos; no prueban que uno salga del otro.

Con Herman Melville. En Bartleby, el escribiente, un empleado deja de hacer lo que su jefe le pide, y esa negativa trastorna una relación que era de dinero. El preso de Chéjov hace algo parecido con un contrato: renuncia a la recompensa que le ha costado quince años de su vida.

Con Franz Kafka. En Un artista del hambre, un ayunador convierte su ayuno en una prueba que otros miran desde fuera, y al final explica por qué ayunaba. En los dos cuentos cabe preguntarse qué saben del sacrificio los que miran y qué revela la voz del que lo ha sufrido.

Recepción y legado

La primera versión tenía tres capítulos. Según los editores de las obras completas de Chéjov, en el tercero el abogado aparecía de pronto en casa del banquero y le pedía el dinero ganado. Chéjov suprimió entero ese capítulo al revisar el cuento para la edición de sus obras, y dejó sin cambios el final del segundo. En una carta de 1903, el propio Chéjov rechazaba el final de la primera versión, el del abogado que vuelve a pedir el dinero, y se mostraba insatisfecho con el cuento.

A Tolstói le gustó: lo elogió por su «originalidad de la idea y maestría de la escritura». Lo sabemos por Goldenweizer, que anotó esas palabras de Tolstói en su diario el 16 de septiembre de 1901.

El cuento se puede leer como una victoria espiritual: el preso rechaza el premio por el que ha dado quince años de su vida, cumple lo que anuncia y hace llorar al hombre que iba a matarlo. Esa lectura explica el coste de la renuncia, su cumplimiento y las lágrimas. Solo va más allá de lo que el cuento sostiene cuando da por buenas, como si fueran del narrador, todas las ideas de la carta, o cuando promete que el banquero ya no volverá a ser el mismo.

Hay otra lectura que el texto de dos capítulos no permite: la de una renuncia fingida para cobrar después. Algo parecido contaba la primera versión, con el abogado de vuelta para pedir su dinero. En el cuento que leemos, la salida del preso se comprueba y no hay regreso.

Leído entero, el cuento sostiene esto: la apuesta convierte una discusión sobre el valor de vivir en un contrato que acaba consumiendo la vida de uno y llevando al otro a proyectar un asesinato. La renuncia del preso rompe esa lógica al rechazar el dinero por el que se había encerrado. Su acto es efectivo y conmueve al banquero, pero el cuento no obliga a aceptar como sabiduría toda la condena de la vida con que lo justifica ni garantiza una transformación duradera de quien lo lee.

Leído hoy, el cuento no pide que el lector tome partido sobre la pena de muerte. Lo que sigue vivo es la tentación de ponerle precio a una vida, la propia o la ajena, y de creer que una prueba puede fijarlo.

Citas emblemáticas

«Казнь убивает сразу, а пожизненное заключение медленно.»

«La ejecución mata de golpe; la prisión perpetua, lentamente.»

El banquero, en la velada · Capítulo I

«Жить как-нибудь лучше, чем никак.»

«Vivir de cualquier manera es mejor que no vivir.»

El abogado, en la velada · Capítulo I

«Вы ставите миллионы, а я свою свободу!»

«¡Usted pone millones y yo mi libertad!»

El abogado, al cerrar la apuesta · Capítulo I

«Мысль, что каждую минуту вы имеете право выйти на свободу, отравит вам в каземате всё ваше существование.»

«La idea de que a cada minuto tiene usted derecho a salir libre le envenenará en la celda toda su existencia.»

El banquero, en la cena de la velada · Capítulo I

«О, если бы вы знали, какое неземное счастье испытывает теперь моя душа оттого, что я умею понимать их!»

«¡Oh, si supiera usted qué dicha, que no es de este mundo, siente ahora mi alma porque sé comprenderlos!»

El preso, en su carta en seis idiomas · Capítulo I

«Его чтение было похоже на то, как будто он плавал в море среди обломков корабля и, желая спасти себе жизнь, жадно хватался то за один обломок, то за другой!»

«¡Su lectura se parecía a la de alguien que nadara en el mar entre los restos de un barco y, queriendo salvar su vida, se aferrara con avidez ahora a un resto, ahora a otro!»

Los dos últimos años del encierro · Capítulo I

«Единственное спасение от банкротства и позора — смерть этого человека!»

«¡La única salvación de la bancarrota y la deshonra es la muerte de este hombre!»

El banquero, la víspera del plazo · Capítulo II

«Однако прочтем сначала, что он тут написал»

«Pero leamos primero lo que ha escrito aquí»

El banquero, ante el preso dormido · Capítulo II

«И я презираю ваши книги, презираю все блага мира и мудрость.»

«Y desprecio sus libros, desprecio todos los bienes del mundo y la sabiduría.»

La hoja del preso · Capítulo II

«Чтобы лишить себя права на них, я выйду отсюда за пять часов до условленного срока и таким образом нарушу договор...»

«Para privarme del derecho a ellos, saldré de aquí cinco horas antes del plazo convenido y así incumpliré el contrato…»

La hoja del preso, al final · Capítulo II

«Никогда в другое время, даже после сильных проигрышей на бирже, он не чувствовал такого презрения к самому себе, как теперь.»

«Nunca, en ningún otro momento, ni siquiera después de grandes pérdidas en la bolsa, había sentido tanto desprecio por sí mismo como ahora.»

El narrador, sobre el banquero después de leer · Capítulo II

«Чтобы не возбуждать лишних толков, он взял со стола лист с отречением и, вернувшись к себе, запер его в несгораемый шкап.»

«Para no dar pie a habladurías innecesarias, tomó de la mesa la hoja con la renuncia y, de vuelta en su casa, la encerró en la caja a prueba de fuego.»

La mañana siguiente · Capítulo II

Temas de debate y preguntas clave

Mientras lees (sin destripar el final)

  1. ¿Qué defiende el banquero sobre la pena de muerte y qué defiende el joven abogado? ¿Ha probado alguno de los dos lo que defiende?
  2. ¿Quién propone cinco años y quién quince? ¿Qué pone cada uno en la apuesta?
  3. ¿Qué le prohíbe el contrato al preso y qué le permite?
  4. ¿Qué te dicen del preso las etapas de sus lecturas, contadas por sus notas y por quienes lo vigilan?

Comprender

  1. ¿Por qué decide el banquero matar al preso la víspera del plazo?
  2. ¿Qué encuentra en la habitación y qué decide hacer antes de actuar?
  3. ¿Qué anuncia el preso al final de su hoja, y cómo se sabe a la mañana siguiente que lo ha cumplido?

Interpretar

  1. ¿Por qué no mata el banquero al preso? ¿Pesa más que ya no tendrá que pagar o lo que siente al leer?
  2. En sus años de estudio el preso escribe «sé comprenderlos» y al final «no quiero comprenderlos a ustedes». ¿De quién habla cada vez y qué ha cambiado entre las dos frases?
  3. ¿Qué dice el cuerpo del preso que no dice su carta?

Juzgar

  1. ¿Se puede admirar la renuncia del preso sin estar de acuerdo con las razones que da?
  2. ¿Es la renuncia una victoria del preso o el último precio de quince años de encierro?
  3. ¿Ha cambiado el banquero? ¿Qué pesa más al final, las lágrimas de la noche o la caja de la mañana?

Relacionar

  1. ¿Quién le pone hoy precio a la libertad de una persona, y con qué medida?
  2. ¿En qué se parecen la negativa del escribiente de Melville y la renuncia del preso, y en qué se diferencian?

Para terminar

  1. El banquero reconoce que la apuesta no demuestra nada sobre la pena de muerte. ¿Muestra el cuento algo que la apuesta no pudo demostrar?
  2. En la primera versión el abogado volvía para pedir el dinero. ¿Qué cambia en el cuento cuando Chéjov suprime ese final?
  3. ¿Qué libera al preso cuando renuncia, y qué puede haberse perdido en una liberación que se expresa como desprecio de la propia vida?
La ventana por la que el preso sale al jardín, camino de la verja. Ilustración original.
La ventana por la que el preso sale al jardín, camino de la verja. Ilustración original.