El Criticón, de Baltasar GraciánLas guías de lectura de Septimus

Guía de lectura

El Criticón

Portada impresa de 1651: «El Criticón, primera parte, en la primavera de la niñez y en el estío de la juventud», a nombre de García de Marlones.
Portada de la Primera parte de El Criticón, a nombre de García de Marlones. Zaragoza, Juan Nogués, 1651.

Ficha técnica

CampoDato
Título originalEl Criticón
PublicaciónEn tres partes: la Primera en Zaragoza, en 1651; la Segunda con pie de imprenta de Huesca, en 1653; la Tercera en Madrid, en 1657. Ninguna salió con el nombre del autor: las dedicatorias van firmadas por Lorenzo Gracián, su hermano
País e idiomaEspaña · castellano
GéneroNovela alegórica: cada lugar y cada personaje están ahí para significar otra cosa, y el propio libro dice cuál
CorrienteBarroco español; es la obra cumbre del conceptismo, el estilo que quiere decir mucho en pocas palabras, a fuerza de juegos de ingenio
Extensión211.617 palabras
PartesTres, una por edad de la vida, con 13, 13 y 12 capítulos. El libro los llama «crisis», palabra que entonces quería decir examen y juicio
Quién cuentaUn narrador en tercera persona que abre cada capítulo con una reflexión o una fábula propia y deja hablar a los personajes

Tema central: El desengaño: aprender a ver un mundo que engaña. Un hombre maduro y un joven que se crió entre fieras recorren la vida entera, de la juventud a la vejez, buscando a una mujer, y aprenden por el camino a mirar el mundo al revés de como se presenta. El libro sostiene que ese aprendizaje llega tarde a casi todos, y que solo se adelanta leyendo, gobernándose a uno mismo y no caminando solo.

Detalle de la portada de 1651 con el título y las dos edades de la Primera parte.
Detalle de la portada de la Primera parte, 1651: el título y las dos edades que abarca, «la primavera de la niñez» y «el estío de la juventud».

Personajes clave

PersonajeQuién es
Critilo · el juicioUn hombre maduro, nacido en el mar y criado en Goa, que naufraga frente a la isla de Santa Elena. En la cárcel se hizo lector, y de los libros le vino el juicio. Su nombre, dice el narrador, va «en lo juicioso».
Andrenio · la naturalezaUn joven que no sabe quién es: lo crió una fiera en una cueva de la isla, y no habla hasta que Critilo le enseña. Ve el mundo con ojos nuevos y cae en las tentaciones de cada edad. Su nombre va «en lo humano».
Felisinda · la buscadaLa mujer que Critilo amó en Goa. Su familia se la llevó a España, y Critilo la perdió. Lleva «la mitad de la felicidad en su nombre». En todo el libro no aparece.
Quirón · el primer guíaEl centauro de la mitología, «maestro de los reyes y rey de los maestros». Les enseña la primera ciudad y les da la regla de mirar el mundo al revés.
Falimundo · el EngañoEl rey de la ciudad del Engaño, que al principio no dice su nombre. Su corte deja entrar y no deja salir.
Artemia · el arteUna reina sabia, enemiga de Falimundo. A diferencia de la maga Circe, que hacía bestias de los hombres, ella hace personas de los brutos.
Falsirena · la falsaUna dama de Madrid que se presenta como prima de Andrenio. Su nombre lo dice: falsa sirena.
Argos · el de los cien ojosEl primer guía de la edad adulta, cubierto de ojos de los pies a la cabeza. Les enseña a mirar con todo el cuerpo.
Virtelia · la virtudLa reina que vive en lo alto de un monte, en un palacio feo por fuera y hermoso por dentro.
Hipocrinda · la hipocresíaLa reina de un convento de apariencias, «toda carne y nada espíritu».
Vejecia · la vejezUna reina de dos caras que recibe a los viejos por dos puertas distintas.
El DescifradorEl guía que lee el mundo como un texto escrito en clave. Más adelante se sabe quién era.
La MuerteUna reina con corte y ministros, que cuenta con humor cómo aprendió su oficio.
El MéritoEl portero de la Isla de la Inmortalidad. No se deja comprar.
Detalle del cuadro de Antonio de Pereda: un ángel despliega una cinta con un lema en latín junto a un caballero dormido.
Detalle de El sueño del caballero: junto al caballero dormido, el ángel despliega una cinta con un lema en latín.

El camino, lugar a lugar

Cada capítulo lleva a los dos protagonistas a un lugar que es una figura: un palacio, una fuente, una feria, una cueva. Casi siempre los recibe un guía nuevo, y a menudo uno de los dos cae en la trampa del lugar. Critilo lo dice así: «siempre se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez nos guía, y tal nos pierde» (Primera parte, crisi 8).

EdadLugarQuién sale a su encuentroQué se aprende allíDónde está
Niñez y juventudLa isla de Santa ElenaCritiloAndrenio aprende a hablar y ve el cielo por primera vezPrimera parte, crisis 1 a 3
La entrada del mundoUna mujer que entrega los niños a las fieras, y una reina que los rescataLa mala inclinación llega antes que la razónPrimera parte, crisi 5
La plaza de una gran ciudadQuirónEl mundo está al revés, y hay que mirarlo al revésPrimera parte, crisi 6
La Fuente de los EngañosProteo, que los lleva a la corte del rey sin nombreUn agua que cambia los ojos, la lengua y las entrañasPrimera parte, crisi 7
La corte de ArtemiaArtemiaCon un espejo, el Engaño se ve por fin de espaldasPrimera parte, crisi 8
La venta de VolusiaLa venta mismaSe entra riendo por delante y se sale llorando por detrásPrimera parte, crisi 10
MadridFalsirenaAndrenio oye la historia de su nacimiento de boca de una mentirosaPrimera parte, crisi 12
La feria de todo el mundoEgenio, el de los seis sentidosQué se puede comprar y qué noPrimera parte, crisi 13
Edad adultaLa aduana de las edades, en AragónArgosSe deja la mocedad en la fronteraSegunda parte, crisi 1
El museo del DiscretoUn sabio pobre con alasLos libros quedan cuando todo lo demás pasaSegunda parte, crisi 4
La plaza del VulgoUn hombre con cuerpo de serpienteLos bulos se heredan de abuelas a nietasSegunda parte, crisi 5
El yermo de HipocrindaUn falso ermitañoLa virtud de aparienciaSegunda parte, crisi 7
El palacio de VirteliaLucindo, que da luz por los ojos y la bocaLas cuatro virtudes como mapa hacia FelisindaSegunda parte, crisi 10
La ciudad de la honraMomo, que tira piedras y esconde la manoLa murmuración, y el «¿Qué dirán?» desterradoSegunda parte, crisi 11
El trono del MandoUn rey que abdica para ser mozo de cuerdaMandar en otros no es mandar en uno mismoSegunda parte, crisi 12
VejezEl palacio de VejeciaJano, el de las dos carasLa misma vejez es premio para unos y castigo para otrosTercera parte, crisi 1
La corte de la VerdadEl AcertadorTodos huyen cuando la Verdad va a dar a luzTercera parte, crisi 3
El mundo descifradoEl DescifradorEl mundo es un texto en clave que hay que saber leerTercera parte, crisi 4
El palacio sin puertasEl Zahorí, que ve por dentro a las personasPor qué el desengaño llega tardeTercera parte, crisi 5
La corte del SaberEl Sesudo, hecho todo de sesosLos dos dejan cada uno su extremo y se encuentran en el medioTercera parte, crisi 6
Los desvanes de la Soberbia y la Cueva de la NadaLa Vanidad y el OcioLos dos últimos peligros de la vejezTercera parte, crisis 7 y 8
RomaUn cortesano viejoUna academia discute en qué consiste la felicidadTercera parte, crisi 9
La corte de la MuerteLa MuerteEn el mesón de la Vida, debajo de las camas, están los muertosTercera parte, crisi 11
La Isla de la InmortalidadUn Peregrino que no envejece, y el MéritoSolo entra quien trae sus obrasTercera parte, crisi 12

Seguidas, las estaciones cuentan una sola cosa: lo que el mundo enseña por fuera es lo contrario de lo que es. La fuente engaña, la venta castiga a la salida, el palacio de la virtud es feo por fuera y la Verdad espanta. Y cada lugar deja una virtud. Al final, el portero de la Isla de la Inmortalidad les pide la patente, el pasaporte que traen, y la encuentra firmada por los lugares que han recorrido, desde «de la filosofía en el gran teatro del universo» hasta «de la fama en la Isla de la Inmortalidad» (Tercera parte, crisi 12).

Cuadro de Juan de Valdés Leal: un obispo y un caballero muertos en sus ataúdes y, arriba, una mano que sostiene una balanza.
Juan de Valdés Leal, Finis gloriae mundi, 1670-1672. Un obispo y un caballero muertos en sus ataúdes; arriba, una mano sostiene una balanza.

La obra

El Criticón empieza con un naufragio. Critilo, un hombre maduro, cae al mar frente a la isla de Santa Elena, y lo salva un joven que no sabe hablar. Critilo le enseña la lengua, le pone nombre, Andrenio, y le oye contar cómo se crió en una cueva, entre fieras, hasta que un terremoto le abrió la salida al mundo. Después Critilo cuenta su propia vida: su juventud en Goa, su amor por Felisinda, un duelo, la cárcel y la pérdida de la mujer, a la que su familia se llevó a España.

Los dos se embarcan hacia España para buscarla. La búsqueda los lleva por la Corte, Aragón, Francia, Alemania e Italia, y les ocupa la vida entera: la Primera parte transcurre en la juventud; la Segunda, en la edad adulta, y la Tercera, en la vejez. En cada lugar el mundo les enseña una lección, casi siempre al revés de lo que parece. Unas veces caminan juntos y otras se separan, porque uno de los dos ha caído en la trampa del lugar. El libro no cuenta si encuentran a Felisinda hasta muy avanzada la Tercera parte.

En el prólogo, el autor explica lo que ha querido hacer: «He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica» (A quien leyere, Primera parte). Y le dice al lector qué tiene entre las manos: «Ésta filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso».

Cuadro de Antonio de Pereda: un caballero dormido junto a una mesa con una calavera, joyas, monedas y una máscara; un ángel le muestra una cinta.
Antonio de Pereda, El sueño del caballero, hacia 1650. Un caballero duerme junto a una mesa con una calavera, joyas, monedas y una máscara; un ángel le enseña una cinta.

El autor

Baltasar Gracián nació en Belmonte, un pueblo de la comarca de Calatayud que hoy se llama Belmonte de Gracián, y fue bautizado el 8 de enero de 1601. En 1619 entró en la Compañía de Jesús, la orden de los jesuitas. Enseñó en sus colegios de Calatayud, Lérida y Gandía, y fue confesor y predicador. En 1646 fue capellán de las tropas del marqués de Leganés en el socorro de Lérida, y desde entonces le llamaron el padre de la Victoria.

Publicó casi todos sus libros con el nombre de su hermano Lorenzo. Así evitaba la revisión de la Compañía, lenta y estricta. Antes de El Criticón escribió El Héroe, El Político (1640), el Arte de ingenio (1642), El Discreto (1646), el Oráculo manual y arte de prudencia (1647) y Agudeza y arte de ingenio (1648): libros de prudencia, de política y de estilo.

En Huesca tuvo un protector, el caballero Vincencio Juan de Lastanosa, que reunía en su casa jardines, colecciones y una gran biblioteca. Gracián le rindió homenaje en un capítulo de la Segunda parte, «Los prodigios de Salastano».

La Tercera parte de El Criticón le trajo problemas con su orden. A comienzos de 1658 fue reprendido en público, castigado con ayuno a pan y agua, apartado de su cátedra en Zaragoza y trasladado al pequeño colegio de Graus. Murió en Tarazona el 6 de diciembre de 1658.

Retrato anónimo de Baltasar Gracián, de medio cuerpo, con sotana.
Retrato de Baltasar Gracián que se conserva en Graus. Anónimo, entre 1650 y 1750.
Retrato de Vincencio Juan de Lastanosa arrodillado, con armadura y banda roja.
Vincencio Juan de Lastanosa, arrodillado, con armadura y banda roja. Retrato de la capilla de los Lastanosa, en la catedral de Huesca.

Contexto literario y cultural

Un libro barroco. El estilo de Gracián, el conceptismo, aprieta en una frase todo el sentido posible, con antítesis y dobles sentidos. Falsirena, que cambia de nombre en cada casa, se llama «Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo que quita» (Primera parte, crisi 12), y entre las cosas que valen menos que nada se ven «sin ceros los más sinceros» (Tercera parte, crisi 9). El libro se ríe hasta de su autor: el prólogo se protege del «rígido Gracián», que tendría esta ficción por un juguete, cuando el libro es del propio Gracián y sale con el nombre de su hermano.

Un jesuita que se burla de la hipocresía. Gracián era religioso, y su libro defiende la fe y la virtud. Pero la sátira no se detiene ante el clero. El convento de Hipocrinda está lleno de monjes que por fuera llevan piel de oveja y por dentro son «lobos novicios» (Segunda parte, crisi 7). Y un pregón que revisa los refranes suprime el que daba por afortunada la casa con un clérigo dentro, porque «la hacienda de la Iglesia pierde toda la otra y arrasa la mejor casa» (Tercera parte, crisi 6).

España ante el espejo. Las guerras de su tiempo entran en el libro de refilón: en la plaza del Vulgo, los corrillos ponen sitio a Barcelona «y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero ni gente» (Segunda parte, crisi 5), sin moverse de la plaza. España sale tan malparada como las demás naciones: al cruzar los Pirineos, los protagonistas la juzgan «Agridulce», y la dejan así: «es la primer nación de Europa: odiada, porque envidiada» (Segunda parte, crisi 3). Francia, Alemania e Italia reciben su propio retrato, con la misma mezcla de elogio y pulla.

Los mecenas y los libros. El libro elogia con nombre propio a nobles y príncipes de su tiempo, y al mismo tiempo se queja de que los príncipes paguen y honren más a un pintor que a un historiador o a un poeta (Tercera parte, crisi 6).

Lo que hoy choca. El libro tiene los prejuicios de su época y no los esconde. La misoginia vuelve muchas veces, en boca de Critilo y del narrador. Hay desprecio de naciones enteras, y en la Segunda parte se alaba la expulsión de moros, judíos y moriscos de España. Hay que leerlo sabiendo cuándo se escribió, sin quitar ni suavizar nada. El propio libro da a veces la réplica: después de oír a todos hablar mal de las mujeres, Andrenio confiesa que de todo lo que ha visto en el mundo, «lo que más me ha contentado es la mujer» (Primera parte, crisi 12).

Detalle del cuadro de Pereda: monedas, naipes y un cofre con collares de perlas sobre una mesa.
Detalle de El sueño del caballero: monedas, naipes y un cofre con collares de perlas sobre la mesa.

Temas clave de la obra

Desde aquí, la guía cuenta el final del libro.

El Engaño a la entrada y el Desengaño a la salida. Es la idea que organiza el libro, y el narrador la dice en la Tercera parte: de todas las monstruosidades del mundo, «la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida» (Tercera parte, crisi 5). El Desengaño tendría que recibir a cada hombre al nacer, pero los hombres lo echaron de la puerta, y ahora llega en la vejez, cuando quita las vendas y los hombres abren los ojos «cuando ya no hay qué ver». Los protagonistas lo viven en carne propia: el Descifrador que los guiaba era el Desengaño, y no lo supieron mientras lo tenían al lado.

El mundo se lee al revés. Quirón da la regla en la primera ciudad: mirar el mundo «al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece» (Primera parte, crisi 7), y un viejo la repite poco después: «las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho» (Primera parte, crisi 8). Critilo la aplica en la venta de Volusia: «yo he de entrar por donde los otros salen» (Primera parte, crisi 10). Y una fábula la explica: desde que el Engaño cambió los vestidos a los dos hijos de la Fortuna, «la Virtud anda vestida de espinas por fuera, y de flores por dentro, al contrario del Vicio» (Primera parte, crisi 11).

Ser y parecer. La hipocresía tiene su reina, y su lección cabe en una frase: «el gran primor es no ser y parecerlo, eso sí que es saber» (Segunda parte, crisi 7). El libro lo comprueba en la plaza: un charlatán presenta un asno como un águila y todos aplauden, por miedo a parecer necios. El ser se reconoce, pero tarde: «Ninguno parece hasta que desaparece» (Tercera parte, crisi 12).

Nadie llega solo. Critilo es el juicio y Andrenio la naturaleza, pero el libro no hace de uno el sabio y del otro el necio. Los dos caen. Andrenio, en el placer, en la hipocresía, en el vino y en la lisonja. Critilo, en la vanidad, y también huye cuando la Verdad da a luz. Se salvan juntos: en la vejez, ante la vanidad y el ocio, «fue único remedio darse ambos las manos» (Tercera parte, crisi 9). La amistad, dice el libro en otro lugar, «es un alma en muchos cuerpos» (Segunda parte, crisi 3).

Mandar en uno mismo. Al cerrar la edad adulta, un guía les dice qué les faltaba: el verdadero señorío «no consiste en mandar a otros, sino a sí mismo», porque «no hay en el mundo señorío como la libertad del corazón» (Segunda parte, crisi 13). Lo prueba el rey que abdica, se hace mozo de cuerda y dice por fin que es «rey de mí mismo» (Segunda parte, crisi 12).

La felicidad no está en esta vida; el mérito, sí. Felisinda, la buscada, lleva la felicidad en el nombre. En Roma, una academia de sabios discute en qué consiste la felicidad, y un loco les dice que andan «buscando por la tierra la que está en el cielo» (Tercera parte, crisi 9). Un cortesano viejo da después la noticia que cierra la búsqueda: Felisinda «ya murió para el mundo y vive para el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra» (Tercera parte, crisi 9). Desde ese momento lo que cuenta es merecer: a la Isla de la Inmortalidad se llega por las obras, y en su puerta se lo dicen a un pretendiente: allí se mira «a lo que uno se merece, que no a lo que hereda» (Tercera parte, crisi 12). El libro, eso sí, desconfía de la fama que reparte: uno de los escritores que la conceden se defiende con que ellos lisonjean a los príncipes por un premio y los maldicientes al vulgo por el aplauso, «pero todos adulamos».

Cuadro de Juan de Valdés Leal: un esqueleto con guadaña y ataúd apaga una vela sobre coronas, libros y un globo terráqueo.
Juan de Valdés Leal, In ictu oculi, 1670-1672. Un esqueleto con guadaña y ataúd apaga una vela sobre coronas, libros y un globo terráqueo.

Construcción de la obra

Tres partes, tres edades, tres estaciones. Cada parte lleva en el título su edad y su estación: la Primera, «En la primavera de la niñez y en el estío de la juventud»; la Segunda, «En el otoño de la varonil edad»; la Tercera, «En el invierno de la vejez». La Segunda parte abre con la imagen que lo resume todo: la vida es como el agua, fuente en la niñez, torrente en la mocedad, río en la edad adulta y, al final, «el amargo mar de la vejez» (Segunda parte, crisi 1).

Un capítulo, un examen. Cada crisi empieza con una reflexión o una fábula del narrador, sigue con la llegada a un lugar que significa algo y casi siempre acaba con un anuncio de la siguiente: «Quien quisiere lograrlo, madrugue en la siguiente crisi» (Tercera parte, crisi 9).

La escena primero, la clave después. El libro presenta cada alegoría como un suceso, y un personaje la descifra más tarde, dentro del relato. En la entrada del mundo, una mujer cariñosa lleva a los niños hasta las fieras y una reina los rescata; después Critilo explica que la primera es «la propensión al mal» y la segunda, la Razón (Primera parte, crisi 5). En una farsa, un extranjero llega llorando y desnudo y sale desnudo, y Critilo explica: «aquel desdichado extranjero es el hombre de todos, y todos somos él» (Primera parte, crisi 7). El lector va siempre un paso por detrás de la clave, como los protagonistas.

Una pareja que se separa y se encuentra. Los dos se separan cada vez que uno cae, y se reencuentran gracias al otro o al guía del lugar. En la vejez la separación es por méritos: en el palacio de Vejecia, Critilo entra por la puerta de los honores y Andrenio por la de los horrores (Tercera parte, crisi 1).

Galerías y catálogos. La mayor parte del libro son galerías: la plaza de la Corte, los monstruos, los desvanes, los locos de la jaula. Ninguna mueve la historia, y todas muestran con ejemplos la lección del lugar. El libro sabe que cansan: en un pregón interminable, los protagonistas, «cansados de tal prolijidad», dejan el resto a los entendidos (Tercera parte, crisi 6).

Un libro que se ríe de sí mismo. El Cortesano corta una conversación para bajar a comer, y se adelanta a la queja del lector impaciente: «no diga el otro simple letor: “¿De qué pasan estos hombres, que nunca se introducen comiendo ni cenando, sino filosofando?”» (Tercera parte, crisi 10).

De una isla a otra. El libro empieza en la isla de Santa Elena, con un naufragio, y acaba en la Isla de la Inmortalidad. La última frase no cuenta lo que vieron dentro: devuelve el camino al lector.

Claves de la lectura

Fíjate en los nombres. Casi todos dicen lo que son: Felisinda (felicidad), Falsirena (falsa sirena), Virtelia (virtud), Hipocrinda (hipocresía), Vejecia (vejez), Falimundo (el mundo falso). Pregúntate qué es cada lugar antes de que el libro lo diga.

Mira quién descifra. Cada escena tiene un momento en que alguien explica qué significaba. Anota quién lo hace: unas veces Critilo, otras el guía, a veces un loco o un borracho.

Sigue las caídas de los dos. Apunta cada vez que uno de los dos se pierde, y por qué. Al principio cae Andrenio; en la vejez, también Critilo. Fíjate en quién saca a quién.

Lee al revés. Cuando un palacio sea hermoso por fuera, espera lo contrario por dentro. El libro avisa: «las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho» (Primera parte, crisi 8).

No te pierdas en las galerías. Si una lista de tipos se alarga, quédate con la lección del lugar y sigue. La historia está en lo que les pasa a los dos.

Lee la última frase dos veces. Pregúntate a quién le habla.

Detalle del cuadro de Pereda: una calavera sobre libros, flores, una máscara, una pistola y papeles de música.
Detalle de El sueño del caballero: una calavera sobre libros, flores, una máscara, una pistola y papeles de música.

Símbolos y motivos

Las islas. El libro empieza en una isla de náufragos y acaba en una isla de inmortales. Entre las dos, la vida entera.

Los ojos. El agua de la Fuente de los Engaños cambia primero los ojos; Argos tiene cien; el Zahorí ve por dentro de las personas. Ver bien es la primera virtud del libro.

El espejo. En la corte de Artemia, un espejo enseña al Engaño de espaldas, que es como hay que mirarlo. Al final de la mesa de la Fortuna, a los dos les toca «un espejo de desengaños» (Segunda parte, crisi 6).

La mano dada. Andrenio, encumbrado por el vulgo, le da la mano a Critilo para subirlo (Segunda parte, crisi 6). En la vejez, darse la mano es lo único que los salva de los dos últimos peligros.

La rueda. La de la Fortuna, que sube y baja, y la del Tiempo, que devuelve los mismos males. Las siete edades del hombre acaban como empezaron, «mordiéndose la cola la serpiente» (Tercera parte, crisi 10).

El hilo. Los cielos devanan los hilos de las vidas, y todos los hombres son «volatines arriesgados sobre el delgado hilo de una frágil vida» (Tercera parte, crisi 11).

La tinta. La fama se hace con la tinta de los escritores: para llegar a la Isla de la Inmortalidad hay que cruzar un mar de tinta, y «una sola gota basta a inmortalizar un hombre» (Tercera parte, crisi 12).

Detalle del cuadro de Valdés Leal: una mano sostiene una balanza con las palabras «NIMAS» y «NIMENOS» bajo los platillos.
Detalle de Finis gloriae mundi: una mano sostiene una balanza; bajo los platillos se lee «NIMAS» y «NIMENOS».

Literatura comparada

Con Homero. En el prólogo, Gracián pone entre sus modelos «las alegorías de Homero» (A quien leyere, Primera parte), y dentro del libro lee la Odisea como un mapa de la Corte: «el peligroso mar es la Corte, con la Scila de sus engaños y la Caribdis de sus mentiras» (Primera parte, crisi 11). De Homero toma la idea de un camino largo, lleno de peligros, que se lee como una lección moral.

Con Esopo. El prólogo nombra también «las ficciones de Esopo», y el libro explica qué toma de ellas: «hablan las bestias para que entiendan los hombres» (Segunda parte, crisi 4). Muchas crisis empiezan con una fábula así, de animales o de figuras, que adelanta la lección del capítulo.

Con Boccalini. El italiano Traiano Boccalini publicó en Venecia, entre 1612 y 1615, sus Ragguagli di Parnaso. Gracián lo nombra varias veces: lo llama «el ingenioso Bocalini» (Tercera parte, crisi 7) y lo sienta en la academia de Roma como «el que supo más bien decir mal» (Tercera parte, crisi 9).

Con Abentofail y con Defoe. Un joven que se cría solo entre animales y despierta por sí mismo a la razón: es también el asunto de El filósofo autodidacto, del andalusí Abentofail (Ibn Tufayl), escrito en el siglo XII. Ya en 1681 lo notó Paul Rycaut, el primer traductor de El Criticón al inglés. No se sabe cómo pudo conocerlo Gracián, y la influencia se discute. La diferencia es clara: el filósofo de Abentofail llega solo a la verdad; Andrenio aprende a hablar de otro hombre, y el libro entero dice que nadie se salva solo. La crítica ha puesto los dos libros en una misma línea que llega a Robinson Crusoe (1719), la novela del náufrago de Daniel Defoe, y el camino estaba abierto: la Primera parte de El Criticón, la del náufrago y la isla, se leía en inglés desde 1681.

Portada impresa de «The Critick», traducción inglesa de la Primera parte, Londres, 1681.
Portada de The Critick, la Primera parte traducida al inglés por Paul Rycaut. Londres, 1681.

Recepción y legado

Los primeros lectores fueron los censores que dieron permiso para imprimirlo. Uno de ellos lo llamó «este Kempis cortesano» (preliminares de la Segunda parte): lo comparaba con La imitación de Cristo, el libro de devoción de Tomás de Kempis, puesto al servicio de la vida de corte. Otro lo resumió como el relato de «la variedad del hombre desde el nacer al morir» (preliminares de la Tercera parte).

El libro corrió pronto por Europa. La Primera parte salió en inglés en 1681, y siguieron traducciones al italiano (1685), al francés (1696) y al alemán (1711). En el siglo XVIII el estilo barroco cayó en descrédito. Su lector más famoso llegó en el XIX: el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, que lo tuvo por uno de los mejores libros del mundo y tradujo al alemán el Oráculo manual de Gracián.

El Criticón se ha leído sobre todo de tres maneras. La de su tiempo lo leyó como un libro de devoción para la vida entera, y explica bien la doctrina y el orden por edades, pero no la risa, ni la sátira de la Iglesia y de España, ni que también el sabio caiga. Otra lo lee como una novela filosófica pesimista, y explica lo duro que es el diagnóstico del mundo, «llámese inmundo» (Primera parte, crisi 6), pero no el final, que abre un camino, ni la confianza del libro en la lectura y en las obras. La tercera lee a Andrenio como el hombre natural que despierta solo a la razón, y explica la cueva y el despertar, pero no que Andrenio aprenda a hablar de otro.

Ninguna explica el libro entero, porque las tres dejan fuera lo que el libro propone: el desengaño tiene remedio, y es adelantarlo. Critilo lo aprendió en la cárcel: «Viéndome sin amigos vivos, apelé a los muertos. Di en leer, comencé a saber y a ser persona» (Primera parte, crisi 4). Leído así, El Criticón quiere ser, para quien lo lee, ese Desengaño que tendría que estar a la entrada de la vida: enseña pronto lo que la edad enseña tarde, a mirar el mundo al revés de como se presenta y a mandar en uno mismo. Y deja dos condiciones: la felicidad no se encuentra en esta vida, pero el valor de lo que uno hace sí, y nadie llega solo.

Leído hoy, con su sátira de los bulos, de la presión del grupo y de la fama comprada, sigue diciendo que el engaño está a la entrada del mundo, y que llegar tarde a desengañarse es lo más común.

Detalle del cuadro de Valdés Leal: una tiara, una corona y un libro abierto sobre telas.
Detalle de In ictu oculi: una tiara, una corona y un libro abierto sobre telas.

Citas emblemáticas

«Ésta filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso, te presento hoy, lector juicioso, no malicioso.»

El autor al lector · A quien leyere, Primera parte

«Viéndome sin amigos vivos, apelé a los muertos. Di en leer, comencé a saber y a ser persona.»

Critilo · Primera parte, crisi 4

«Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos, y todos somos él.»

Critilo · Primera parte, crisi 7

«Las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho.»

El ministro de Artemia · Primera parte, crisi 8

«Pero el gran primor es no ser y parecerlo, eso sí que es saber.»

Hipocrinda · Segunda parte, crisi 7

«Para mí no hay gusto como el leer, ni centro como una selecta librería.»

Critilo · Segunda parte, crisi 4

«Entre todas, la más portentosa es el estar el Engaño en la entrada del mundo y el Desengaño a la salida.»

El narrador · Tercera parte, crisi 5

«Advertid que la verdad en la boca es muy dulce, pero en el oído es muy amarga.»

El Acertador · Tercera parte, crisi 3

«Pero fue único remedio darse ambos las manos, con que pudieron templarse y hacer un buen medio entre tan peligrosos extremos.»

El narrador · Tercera parte, crisi 9

«Esta vuestra imaginada Felisinda, que el uno llama esposa, el otro madre: ya murió para el mundo y vive para el cielo. Hallarla heis allá, si la supiéredes merecer en la tierra.»

El Cortesano · Tercera parte, crisi 9

«Acabá de entender que aquí no se mira la dignidad ni el puesto, sino la personal eminencia; no a los ditados, sino a las prendas; a lo que uno se merece, que no a lo que hereda.»

En la puerta de la Isla de la Inmortalidad · Tercera parte, crisi 12

«Lo que allí vieron, lo mucho que lograron, quien quisiere saberlo y experimentarlo, tome el rumbo de la virtud insigne, del valor heroico y llegará a parar al teatro de la fama, al trono de la estimación y al centro de la inmortalidad.»

La última frase del libro · Tercera parte, crisi 12

Temas de debate y preguntas clave

Mientras lees (sin destripar el final)

  1. ¿Qué ve Andrenio la primera vez que sale de la cueva, y por qué Critilo envidia esa mirada?
  2. ¿Por qué crees que el libro presenta primero la escena y deja la explicación para después?
  3. Al llegar a Madrid, Andrenio, Critilo y un sabio ven tres ciudades distintas. ¿Cuál de las tres miradas es la tuya?
  4. ¿Qué cosas de la feria de todo el mundo se pueden comprar, y cuáles no?

Comprender

  1. ¿Quién le cuenta a Andrenio la historia de su nacimiento, y por qué importa quién se la cuenta?
  2. ¿Qué pasa en el palacio de Vejecia, y por qué los dos entran por puertas distintas?
  3. ¿Quién era el Descifrador, y cuándo lo descubren?

Interpretar

  1. ¿Es Critilo el sabio y Andrenio el necio? ¿Qué pasajes apoyan cada respuesta?
  2. ¿Por qué la verdad sobre la felicidad la dice un loco y no un sabio de la academia?
  3. ¿Qué significa Felisinda? ¿Cambia el sentido de la búsqueda cuando se sabe dónde está?

Juzgar

  1. ¿Es un libro pesimista? ¿Qué te deja al cerrarlo?
  2. La alabanza de la expulsión de moros, judíos y moriscos y la misoginia están en el libro. ¿Cómo leer hoy a un autor con esos prejuicios sin callarlos?
  3. El libro reparte la fama y, a la vez, desconfía de los escritores que la reparten. ¿A quién creer?

Relacionar

  1. Los bulos que se heredan «de abuelas a nietas», el asno que todos aplauden como águila: ¿qué engaños de hoy funcionan igual?
  2. El rey que abdica dice que solo ahora es «rey de mí mismo». ¿Qué quiere decir hoy mandar en uno mismo?

Para cerrar la reunión

  1. ¿Se puede adelantar el desengaño, o solo lo trae la edad?
  2. Si hoy pusiéramos al Desengaño en la puerta de la vida, como quería el libro, ¿qué le haríamos decir?
  3. La última frase no cuenta qué vieron en la Isla de la Inmortalidad. ¿Por qué?
Portada impresa de 1657: «El Criticón, tercera parte, en el invierno de la vejez», a nombre de Lorenzo Gracián.
Portada de la Tercera parte, «en el invierno de la vejez», a nombre de Lorenzo Gracián. Madrid, Pablo de Val, 1657.