Relato publicado
A salvo
Andrés Palladino
Del libro Los que vuelven tarde (Caburé, 2026). Finalista del VII Certamen Internacional de Cuento Corto de la Casa Regional de Castilla-La Mancha de Parla.
La primera noche, mi hermana me despertó para preguntarme quién había cerrado la puerta del cuarto de huéspedes.
—Nadie —dije—. Estaba abierta cuando nos acostamos.
La puerta se encontraba al final del pasillo, frente a la escalera. Recordaba haber dejado una silla delante para impedir que se cerrara con las corrientes de aire.
Nos levantamos. La silla seguía allí. La puerta también seguía abierta.
—La oí —dijo mi hermana—. Se cerró.
Aparté la silla y moví la puerta. Las bisagras estaban duras. Había que empujar con fuerza para llevarla hasta el marco.
—La casa se acomoda —dije.
Era una frase del agente inmobiliario. Las casas viejas se acomodan. La madera se contrae. Las tuberías protestan.
Mi hermana volvió a su habitación.
Diez minutos después, la puerta se cerró.
No fue un golpe. Fue un movimiento lento: el roce de la madera contra el suelo, el suspiro de las bisagras y, al final, el clic del pestillo. Cuando salimos al pasillo, la silla estaba en el mismo sitio.
La puerta permanecía abierta. A partir de entonces, empezamos a prestar atención.
La casa tenía tres plantas, aunque la última era poco más que un desván con dos ventanas estrechas. La habíamos alquilado porque necesitábamos espacio y porque nadie más parecía quererla. En el jardín, las ramas de los manzanos arañaban los cristales del salón cuando soplaba viento.
Mi hermana siempre había recordado mejor que yo. Conservaba fechas, conversaciones y habitaciones enteras; podía decir qué ropa llevábamos en una fotografía sin necesidad de verla. Por eso fui yo quien primero comprendió que algo iba mal.
Durante los primeros días atribuimos todo a la madera, al viento o a las tuberías. Después empezamos a distinguir un orden.
Oíamos puertas que se cerraban a deshora y pasos que no acababan nunca de subir la escalera.
Empezaban en la planta baja. Subían despacio. Uno. Otro. Una pausa. Después continuaban.
Nunca alcanzaban el rellano.
Las puertas se cerraban siempre en la misma sucesión: primero la despensa, después el estudio, por último el cuarto de huéspedes.
Algunas noches escuchábamos voces.
—Aquí —decía ella.
—No; más adentro —decía él.
—Arriba.
—Y después afuera.
—Despacio. Todavía duermen.
La voz de la mujer parecía joven. La del hombre, mucho mayor.
Nunca discutían. Corregían.
Eso no era lo peor. Lo peor era saber, unos segundos antes del primer ruido, que algo ya estaba decidiendo por nosotros el tamaño del cuarto.
Ocurría sin aviso. Estabas leyendo o preparando café y, de pronto, la habitación parecía más estrecha. Las paredes no se movían. Tampoco los muebles. Era el espacio disponible dentro de uno lo que se reducía.
Intentábamos seguir con lo nuestro, pero algo se retiraba dentro de nosotros y había que levantarse.
Recorríamos la casa buscando una explicación que olvidábamos en cuanto abríamos una puerta.
Entonces todo aparecía vacío: las puertas abiertas, el jardín inmóvil.
—¿Qué vine a buscar? —preguntaba mi hermana.
Yo nunca lo recordaba.
Después empezaron las pequeñas correcciones: un vaso en otro sitio, una silla apenas girada, un libro cerrado que había quedado abierto.
Para defendernos, comenzamos a sacar fotografías. Mi hermana fotografiaba cada habitación y yo anotaba la posición de las sillas, las tazas del escurridor, las puertas abiertas y las ventanas cerradas.
Por la mañana, las fotografías coincidían con la casa.
La lista no.
Una mañana encontré escrito:
La caja azul está debajo del tercer escalón.
La letra era mía, pero no recordaba haber escrito la frase.
El tercer peldaño siempre había sonado hueco. Estaba sujeto por un único clavo oxidado y logramos levantarlo con la punta de un destornillador.
No había ninguna caja.
Solo polvo, dos clavos doblados y una cinta de tela oscurecida por la humedad.
Mi hermana tomó la cinta.
En cuanto la tocó, se echó a reír.
No era su risa.
Fue una risa breve, abierta, que terminó en una respiración entrecortada. La cinta cayó al suelo.
—¿Qué pasó?
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Estaba en el jardín —dijo.
—¿Quién?
—Yo.
Negó con la cabeza.
—No. Ella.
Describió una tarde de verano, una mesa bajo los manzanos, un vestido amarillo y tres manzanas rodando sobre la hierba. Un hombre observaba desde una ventana del piso superior.
Podía sentir el sol en los hombros. Recordaba el sabor de una fruta que nunca había probado.
—Nosotros llegamos en noviembre —le dije.
—Ya sé.
—Nunca habías estado aquí.
—Ya sé. Pero lo recuerdo.
Esa noche, las voces regresaron.
—La encontró —dijo ella.
—Una parte —contestó él.
—¿Bastará?
—Tiene que bastar.
Después la casa empezó a latir.
No era un golpe en las paredes ni un ruido de tuberías. Venía de todas partes a la vez.
—A salvo, a salvo, a salvo —parecía latir la casa—. A salvo.
Durante los días siguientes, mi hermana añadió detalles a aquella tarde: una jarra de agua, una abeja atrapada dentro de un vaso, una canción que llegaba desde la casa, el peso de una mano sobre su pecho.
—No sé si era una caricia —me dijo—. Tampoco sé si era una despedida.
Empezó a desconfiar de sus propios recuerdos.
Una tarde aseguró que habíamos tenido un perro.
—Se llamaba Moro. Dormía debajo de tu cama. Le tenías miedo cuando ladraba dormido.
—Nunca tuvimos perro.
Mi hermana me miró con una mezcla de rabia y compasión.
—Entonces, ¿por qué lo recuerdo mejor que tu cara cuando eras chico?
Aquella noche cerramos todas las puertas y empujamos muebles contra ellas.
No sirvió.
Las puertas empezaron a cerrarse una por una, desde el fondo de la casa hasta los dormitorios. Sin violencia, con cuidado.
—Duermen —dijo ella.
—Por ahora —dijo él.
Se cerró la puerta del estudio.
Después la del baño.
Luego la de mi hermana.
La oí llamarme desde dentro.
Corrí hacia el pasillo, pero el aire cambió. La puerta seguía a pocos metros y, sin embargo, cada paso parecía dejarla a la misma distancia.
—Aquí —susurró la mujer.
La voz estaba junto a mi oído.
Sentí un frío seco detrás de los ojos.
Algo invisible estaba aprendiendo mi forma.
—No —dije.
—Aquí —repitió ella.
Entonces recordé una escena que no era mía.
Una mujer reía en el jardín. Las manzanas rodaban sobre la hierba. Un hombre permanecía detrás de ella, con una mano apoyada sobre su pecho.
No había violencia en el gesto.
Tampoco ternura.
Era una forma de guardar algo.
La mujer cerraba los ojos. El hombre retiraba la mano. Y lo que había entre los dos no desaparecía.
Quedaba dentro de ella.
Lo vi con la nitidez de un recuerdo propio y con el asco de saber que me lo estaban dejando dentro.
—Es esto —dijo él.
La escena permaneció en mí cuando las voces callaron. No era un recuerdo recuperado. Tampoco una imagen que pudiera olvidar. Era algo que necesitaba seguir existiendo.
Y ahora estaba dentro de mí.
—A salvo —dijo la mujer.
La puerta de mi hermana se abrió.
La encontré dormida, con las manos cruzadas sobre el pecho.
Cuando despertó, no recordaba la cinta, el jardín ni el perro que nunca tuvimos.
Nos marchamos esa misma mañana.
Dejamos las llaves sobre la mesa. Ninguno quiso volver a buscar lo que había quedado dentro.
A veces mi hermana me pregunta por aquella casa.
Dice que solo recuerda las ventanas altas y el jardín abandonado.
Yo le contesto lo mismo.
No le digo que algunas noches recuerdo haber crecido bajo aquellos manzanos.
Ni que puedo sentir una mano apoyada sobre un pecho que no es el mío.
Desde entonces, cada vez que entro en una habitación, me detengo un instante.
No para mirar alrededor, sino para comprobar si todavía he llegado yo primero.
Publicado en Septimus con autorización del autor. Todos los derechos son suyos.
Más sobre el autor: andrespalladino.com